Al leerlo, me pasó que me costó enganchar justamente por esa
distancia que sentí con el relato. La historia gira en torno a Augusto Pérez,
un hombre con buena posición económica, acomodado, pero muy perdido
emocionalmente y con serias dificultades para relacionarse con otras personas,
especialmente con mujeres. Tiene dinero, viene de una familia importante y
pareciera tenerlo todo resuelto, pero al mismo tiempo es un personaje torpe,
inseguro y bastante incapaz de desenvolverse socialmente. Incluso me costó
ubicar bien la época en la que ocurre todo, porque, aunque se siente antigua,
el hecho de que el protagonista llegue a conversar con el propio autor rompe
completamente cualquier lógica temporal o realista.
La trama comienza cuando Augusto ve a Eugenia caminando por
la calle y se obsesiona con ella de inmediato. Desde ahí empieza a idealizarla
y a hacer todo un despliegue para conquistarla, incluso cuando ella le deja
bastante claro que no está interesada. Eso fue algo que me llamó la atención,
porque a ratos se siente casi como un precursor de esos tipos obsesivos que
insisten sin entender un rechazo. La situación se vuelve todavía más incómoda
cuando Augusto intenta ganarse su afecto pagando la hipoteca de la casa de
Eugenia, creyendo que con eso puede acercarse a ella y conseguir su amor.
Finalmente, Eugenia aparenta aceptar casarse con él,
haciéndole creer que dejó atrás a Mauricio, su verdadero interés amoroso. Sin
embargo, todo resulta ser una farsa, porque poco antes de la boda huye con
Mauricio a otra ciudad, llevándose además el dinero de Augusto para comenzar
una nueva vida juntos. Esta traición destruye completamente al protagonista,
quien decide suicidarse. Pero antes de hacerlo, viaja a Salamanca para hablar
con Miguel de Unamuno, quien aparece dentro de la historia como personaje y le
revela algo brutal: no puede quitarse la vida porque en realidad no existe, ya
que es solo una creación ficticia de su imaginación.
Sin duda, lo más potente del libro ocurre en ese diálogo
final entre Augusto y Unamuno. Ahí el personaje se rebela contra su creador y
le plantea que, aunque sea ficticio, siente y sufre como cualquier ser humano.
Incluso lo desafía recordándole que los autores también mueren. Frente a esto,
Unamuno decide decretar su muerte inmediata. Augusto regresa a su casa, cena
abundantemente y muere esa misma noche. Aunque médicamente se habla de un paro
cardíaco, queda instalada la duda de si murió por una causa natural o
simplemente porque su autor así lo quiso, lo que abre toda una reflexión sobre
el destino, la libertad y hasta qué punto realmente controlamos nuestras
decisiones.
Fue una lectura algo densa, y creo que eso también tiene
relación con que Unamuno ni siquiera quiso llamarla novela, sino “nivola”,
porque buscaba romper con las estructuras narrativas tradicionales. Eso se nota
muchísimo. A pesar de que me costó conectar con la historia y que Augusto me
resultó un personaje desesperante por momentos, reconozco que el desenlace
logra levantar bastante la experiencia. Además, detalles como el rol de Orfeo,
el perro de Augusto, y toda la reflexión final sobre la existencia hacen que el
libro termine siendo mucho más que una simple historia de desamor obsesivo no correspondido.
No fue una lectura que disfruté del todo, pero sí una que deja pensando
bastante después de terminarla.
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