sábado, 26 de septiembre de 2026

37

 Llegar a los 37 ha sido cuático. Miro hacia atrás y todavía no me creo cómo pasa el tiempo. Ahora estoy empezando a entender a esos “mayores” que me decían que los años se pasan volando, porque de verdad siento que últimamente todo va en 2x.

Es increíble pensar que hace algunos años estaba en la caca misma. Y sé que varios de acá me conocieron así: casi dos años sin encontrar pega de lo que había estudiado, sin plata, viviendo prácticamente de la caridad de mis padres y teniendo más de 30 años. Para mí fue una etapa súper desgastante, porque no era solamente estar sin trabajo; también era sentir que la vida que había imaginado para mí no estaba ocurriendo. Y ahora, algunos años después, estoy viviendo de manera independiente, trabajando en algo que me gusta y con ganas de seguir viviendo la vida. No sé si todo salió como esperaba, pero definitivamente terminé en un lugar que hace unos años no sabía si iba a alcanzar.

También pienso en toda la gente que ha pasado por mi vida durante estos últimos siete años. Y han sido muchos. Somos seres humanos, mamíferos y animales gregarios; necesitamos de otros para vivir y, al menos desde mi formación ligada a la naturaleza, siempre me ha hecho mucho sentido pensar que nuestra vida también se construye en manada. Compartimos años, historias, afectos, peleas, sexo, amistad, proyectos y un montón de cosas con personas que, muchas veces, llegan sin que sepamos cuánto tiempo van a quedarse.

Y la verdad es que he aprendido de prácticamente todos. A veces porque la cagué yo, otras porque la cagaron conmigo y otras porque tuve la suerte de encontrarme con personas increíbles que hicieron mi vida mucho más bonita. Creo que gran parte de crecer está justamente ahí: aprender a filtrar. Saber con quién sí y con quién no. Agradecer a quienes se quedaron, llorar a quienes se fueron —incluso cuando uno no quería que se fueran— y también aceptar que hay personas que uno mismo tuvo que mandar a la chucha, aunque haya dolido como una patada en el pecho.

También estoy aprendiendo que cuando alguien te dice que no, es no. Que no puedes obligar a alguien a quererte, a quedarse, a entenderte o a querer compartir su vida contigo. Y que, aunque uno pueda pasar meses buscando explicaciones, a veces simplemente hay que aceptar que las cosas no eran para uno.

Así que quiero vivir estos 37 con la convicción de intentar hacer las cosas un poquito mejor. Ser más observador, pensar antes de actuar y tratar de ser menos impulsivo. También quiero mirar la vida de una manera más plena y dejar un poco de lado algunas amarguras que durante mucho tiempo me han acompañado.

Pero tampoco quiero caer en esa idea de que ahora todo será increíble y que la vida se trata simplemente de pensar positivo. El positivismo tóxico también me parece una mierda. El mundo está como está, vienen tiempos difíciles para este continente y probablemente nos tocará seguir viviendo momentos históricos que nadie pidió. De hecho, sigo pensando: “ya no quiero seguir viviendo hechos históricos”, pero parece que la historia no está muy interesada en preguntarnos.

Al final, quizás cumplir 37 también se trata de aceptar eso. Que no tenemos demasiado control sobre lo que viene, pero sí sobre la forma en que queremos vivirlo. Seguir conociendo gente, equivocándome, aprendiendo, queriendo, perdiendo, viajando, leyendo, trabajando, cagándola y volviendo a intentarlo.

Porque quizás la vida se trata justamente de eso: de seguir sorprendiéndose cada día con lo ridículo, absurdo y hermoso que puede llegar a ser esta monotonía de estar vivos.

domingo, 6 de septiembre de 2026

Reseña: Los renglones torcidos de Dios — Torcuato Luca de Tena



Este libro tuvimos que leer en el club de lectura, asi que empecemos: la historia en general me pareció buena y parte de una premisa que engancha bastante, pero el libro se me hizo bien denso. Entiendo el contexto literario de los años 70 y que mostrar con tanto detalle cómo funcionaba un psiquiátrico probablemente era bastante novedoso. Aun así, siento que cae en el pecado de querer mostrar más de lo necesario. La historia se sigue fácilmente, pero desde la mitad empecé a sentir que se hacía demasiado larga.

La novela sigue a Alicia Gould de Almenara, quien ingresa a un hospital psiquiátrico supuestamente como detective privada para investigar un asesinato. Sin embargo, existe otra versión: Alicia habría intentado envenenar a su marido y padecería un delirio paranoico que la llevó a inventarse toda esa investigación. Desde ahí, el libro juega constantemente con la pregunta de si Alicia está realmente infiltrada o si todo forma parte de su enfermedad.

Alicia me pareció un personaje muy perspicaz y bien cabrona con sus weas. Tiene unos aires de superioridad enormes, pero le funcionan porque es extremadamente inteligente y sabe argumentar y convencer a quienes la rodean. Al principio es fácil comprarle completamente su versión, pero desde más o menos la mitad empiezas a pensar: “ya, capaz que esta señora sí esté loca”. Esa ambigüedad entre cordura y locura fue de lo que más me gustó.

También rescato cómo muestra el funcionamiento del psiquiátrico y las historias de quienes viven ahí, aunque esto mismo terminó jugando en contra. Hay una cantidad enorme de pacientes, cada uno con su historia, diagnóstico y apodo, y llegó un momento en que sentía que no necesitaba conocer individualmente a tanta gente. Lo mismo con las explicaciones: muchas veces pensé que el autor perfectamente podría haber llegado al mismo punto con varias páginas menos.

El desenlace no fue algo que me volara la cabeza, porque evidentemente en algún momento íbamos a descubrir cuánto había de cierto en la historia de Alicia. Lo interesante es que, incluso cuando conocemos su diagnóstico, ella siempre termina quedando “bien”: inteligente, grandilocuente y capaz de imponerse. Y quizás ahí está mi reflexión: un diagnóstico por sí solo no te va a explicar quién eres si tú tampoco estás dispuesto a cuestionarte y hacerte cargo de tus propias acciones.

No sé si lo recomendaría tanto. No sentí que perdiera el tiempo leyéndolo porque la historia es buena, tiene buenos giros y entiendo por qué se convirtió en una novela tan conocida, pero creo que habría disfrutado mucho más una versión bastante más corta. En volá sale mejor ver la película, que cuenta prácticamente la misma historia y va más al grano. Considerando todo lo bueno, pero también lo eterna que se me hizo por momentos: 2,5 de 5. ★★⯨☆☆

miércoles, 26 de agosto de 2026

Reseña de Siddhartha - Hermann Hesse

 Este era uno de esos libros que tenía dando vueltas en la memoria desde el colegio. Recuerdo que me lo hicieron leer, pero no recordaba nada. Como últimamente he estado en la onda de volver a leer algunos libros que me hicieron leer en la media, decidí darle otra oportunidad y la verdad es que me gustó muchísimo. Quizás simplemente llegó en un momento distinto de mi vida, porque ahora sí me hizo mucho sentido todo lo que plantea sobre conocerse, aceptarse y encontrar el propio camino. La historia sigue a Siddhartha, un joven hijo de un brahmán que, pese a tener una importante formación espiritual, siente que las enseñanzas que ha recibido no son suficientes para encontrar la paz que busca. Junto a su mejor amigo Govinda abandona su hogar y se une a los samanas, unos ascetas que renuncian a los placeres y posesiones materiales mediante el ayuno, la meditación y distintas disciplinas para intentar desprenderse del yo. 

Sin embargo, después de un tiempo Siddhartha vuelve a sentir que ese tampoco es su camino. Es entonces cuando ambos conocen a Gotama, el Buda, quien supuestamente ha alcanzado esa iluminación que Siddhartha lleva tanto tiempo buscando. Govinda queda maravillado y decide seguirlo, pero Siddhartha hace algo que me llamó mucho la atención: lo rechaza. No porque crea que Gotama esté equivocado, sino porque entiende que su sabiduría nació de su propia experiencia. Puede escuchar sus enseñanzas y aprender de ellas, pero no puede copiar su camino esperando llegar al mismo resultado. Ahí comprende por primera vez que tendrá que descubrir por sí mismo aquello que está buscando. Desde ese momento su vida cambia completamente y pasa de un extremo al otro. 

Deja atrás la austeridad y conoce a Kamala, una cortesana que lo introduce al amor y los placeres. También comienza a trabajar con el comerciante Kamaswami, acumula riqueza, bebe, juega y termina completamente atrapado en el samsara: ese ciclo de deseos, placeres e insatisfacción donde conseguir aquello que queremos no necesariamente nos hace felices, sino que muchas veces simplemente genera un nuevo deseo. Hasta que, inevitablemente, Siddhartha vuelve a sentirse vacío y abandona todo. Abandona toda su vida de empresario luego de unos años y regresa al río, donde se reencuentra con Vasudeva, un barquero que conoció en su juventud, por lejos uno de mis personajes favoritos. A diferencia de sus otros maestros, él no intenta imponerle ninguna enseñanza: simplemente escucha y le enseña a Siddhartha a hacer lo mismo 

Es ahí donde el río que cruzan diariamente, termina convirtiéndose en su verdadero maestro y aparece una de las ideas que más me quedó dando vueltas: todas las versiones de Siddhartha forman parte de la misma persona. Después de pasar gran parte de su vida intentando desprenderse de su yo, comprende que quizás nunca tuvo que destruirlo, sino aceptarlo junto con sus errores, deseos y experiencias. También me gustaron mucho Govinda y Vasudeva porque representan formas completamente distintas de buscar respuestas. Govinda pasa gran parte de su vida siguiendo las enseñanzas de Gotama, mientras Vasudeva nunca intenta imponerle nada a Siddhartha, sino que simplemente lo ayuda a encontrar sus propias respuestas. 

Por eso me gustó tanto el último encuentro entre Govinda y Siddhartha, cuando finalmente reconoce en su amigo aquella misma paz que durante toda su vida había admirado en Gotama. Y

creo que ahí está la idea que mejor resume el libro para mí: el conocimiento puede transmitirse, pero la sabiduría no. Puedes tener maestros, leer, recibir consejos y aprender de otras personas, pero nadie puede decirte exactamente cómo encontrar tu propia “iluminación”. No tengo grandes cosas negativas que decir porque sinceramente me encantó y, semanas después de terminarlo, todavía hay ideas que me siguen dando vueltas. Es un libro corto y bastante fácil de leer para todo lo que termina dejando. 

martes, 25 de agosto de 2026

Agosto

La verdad no sé muy bien cómo empezar este post, porque mi vida durante este agosto ha sido bien extraña. Ha sido un mes de sobrepensar mucho algunas cosas, de cerrar ciclos con el corazón y de intentar entender situaciones que, en realidad, probablemente no necesitan tanta explicación.

No había comentado esto antes, pero tuve una especie de amorío con un chico desde el verano hasta principios de julio. Nos veíamos prácticamente todos los fines de semana, compartíamos harto y, después de un tiempo, terminé declarándome. El tipo me rechazó. Me dijo que no estaba de acuerdo con las relaciones abiertas, que era la forma en que yo siempre he llevado mis vínculos sexoafectivos y que, incluso si aceptara eso, yo tampoco paso mucho en Santiago. A él le gusta tener cotidianidad con una pareja y sentía que eso no lo podía tener conmigo.

Y, la verdad, fue súper brígido recibir esa respuesta. No porque no pudiera aceptar un no, sino porque había una parte que simplemente no entendía. Loco, si igual nos vemos casi todos los fines de semana desde que nos conocemos, ¿cuál era exactamente el problema? Pero bueno, me dijo que no y cosa de él. No hay mucho más que hacer con eso.

El problema es que llevo más de un mes y medio, casi dos meses, tratando de dejar de pensar en el weon. Y esta semana subió un post que me dio a entender que está saliendo con una mujer. Así que supongo que ya está. Definitivamente tengo que dejar de darle vueltas al asunto porque, ¿qué mierda voy a hacer? Nada. Con una mujer, ¿qué puedes competir? Absolutamente nada.

Y antes de que alguien me diga que no se trata de competir, sí, ya sé. Pero cuando uno está involucrado emocionalmente no siempre piensa de la manera más racional del mundo. A veces simplemente te pega en el ego, en el cariño y en todas esas expectativas que uno se había hecho en silencio.

Mientras tanto, en el trabajo ha estado todo bien intenso también. Me volví a enfermar, lamentablemente tengo una amigdalitis y ahora estoy en mi casa descansando. Y quizás eso tampoco ayuda mucho, porque cuando uno está enfermo, encerrado y con tiempo de sobra, la cabeza empieza a trabajar horas extras.

Y como si agosto no tuviera suficiente material para sobrepensar, el fin de semana pasado fui a bailar y me encontré con cierto personaje que no veía hace tiempo. Y por alguna extraña razón, el hueon decidió ponerse a bailar literalmente al lado mío junto a sus amiguitos funados.

Lo más chistoso es que otro amigo incluso me mandó un WhatsApp para decirme: “Oye, está tal personaje en la disco, para que tengáis cuidado”. Y mis amigos, que estaban conmigo, también lo vieron y fue como: “Uy, qué paja, weón”.

Ahora, nunca entendí por qué, de todo el puto espacio que había en la disco, tuvieron que ponerse justo al lado de nosotros. ¿Qué onda esa pésima estrategia? Atroz.

Y así ha sido agosto. Entre amores que no fueron, personas que aparentemente siguen con su vida, enfermedades, pega intensa, encuentros inesperados y situaciones que perfectamente podrían haberse evitado si la gente tuviera un poquito más de criterio.

No sé si estoy cerrando ciclos o simplemente estoy cansado de algunas cosas. Quizás ambas.

Por ahora, supongo que toca descansar, dejar de sobrepensar un poco y esperar que septiembre tenga la decencia de comportarse mejor.

lunes, 10 de agosto de 2026

Reseña: La Última Carta - Rebecca Yarros

 


En el club de lectura salió la idea de leer un libro que, según muchas recomendaciones en internet, hacía llorar. Había visto varias reseñas diciendo que era devastador y muy emotivo, pero mi experiencia fue bastante distinta. El libro me gustó, lo encontré entretenido y muy livianito, pero nunca me provocó esa emoción que tantas personas describían. En general, me pareció una lectura piola y fácil de seguir.

Me enganchó relativamente rápido porque el libro tiene un componente de intriga que te hace querer saber qué va a pasar. No diría que me mató, pero sí me mantuvo interesado y lo terminé en aproximadamente una semana. También me llamó la atención que Rebecca Yarros sea mucho más conocida por otras sagas y que esta novela sea su faceta más romántica, aunque nunca sentí que el romance fuera realmente el aspecto más fuerte del libro a pesar de que tiene escenas eróticas y sexuales bastante explicitas.

La historia sigue a Ella, una madre soltera que vive con sus dos hijos y administra un negocio de cabañas. Su hermano Ryan, que es militar, le propone intercambiar cartas de forma anónima con otro soldado, y así comienza su relación por correspondencia con un hombre que firma como Caos. Con el tiempo descubrimos que Caos es Beckett, el mejor amigo de Ryan. Cuando Ryan muere durante una misión, Beckett regresa a Estados Unidos para cumplir la promesa que le hizo: cuidar de Ella y de sus hijos. A partir de ahí comienza una relación marcada por la culpa, el duelo y una tensión erótica romántica heterosexual que se toma tanto tiempo en desarrollarse que, pasada la mitad del libro, yo ya estaba así:


Destaco es justamente lo fácil que se lee. El ritmo es rápido, los capítulos avanzan con agilidad y siempre hay algo que mantiene la atención. También me gustó que el libro toque temas como el duelo, la maternidad, las enfermedades terminales, el trauma de guerra y las segundas oportunidades. Sin embargo, siento que los personajes son bastante estereotipo gringo, y que la historia no profundiza demasiado en varios conflictos que podrían haber sido mucho más interesantes. Por ejemplo, me habría gustado entender mejor al padre biológico de los niños y por qué decide abandonar a su familia y de los abuelos paternos que por casualidad se pillan en la calle y a pito de nada se acercan a los niños cuando siempre los rechazaron.

Mi principal problema con el libro fue el exceso de melodrama. Llega un punto en que la protagonista acumula una cantidad absurda de tragedias y el relato parece convencido de que siempre puede agregar una más. La hija tiene una enfermedad gravísima, Beckett carga con la culpa por la muerte de Ryan, los problemas económicos son constantes y, cuando parece que finalmente las cosas empiezan a mejorar, ocurre otra desgracia enorme que fue, para mí, el punto en que el libro cruzó el límite. En vez de darme pena, pensé: ya, basta de tanto sufrimiento. Sentí que la historia confundía intensidad emocional con acumulación de tragedias.

Aun así, lo recomendaría. Creo que es una novela entretenida, muy accesible y perfecta para alguien que quiera una lectura rápida con romance, drama e intriga. No sé si entiendo el por qué muchas personas conectan con ella, pero en mi caso el exceso de melodrama terminó restándole impacto a los momentos que supuestamente debían ser los más emotivos.

sábado, 1 de agosto de 2026

Reseña: Heartstopper y Nick & Charlie

 


Llegó el final de Heartstopper  y tenia muchas ganas de saber cómo terminaba la historia. Leí tanto el volumen 6 como Nick y Charlie, y siento que ambos se complementan bastante bien. Aunque no cuentan exactamente lo mismo, pero ayudan a cerrar distintas partes de la historia, y de hecho la película que salió como final de la serie toma elementos de ambos. En general, me gustó mucho. Era un cierre que llevaba tiempo esperando (a pesar de que la sigo en Tumblr hace años, pero preferí que saliera el comic) y terminé bastante conforme con cómo Alice Oseman decidió despedirse de estos personajes.

Como era una saga que ya venía siguiendo, no hubo un momento de "engancharse", porque simplemente quería saber cómo terminaba. Además, al ser una novela gráfica, la lectura es muy fluida. Lo que sí llevaba era un miedo importante después del tomo 5. Ese volumen me había dejado con la sensación de que la historia podía terminar transformándose en otra tragedia homosexual, donde todo es sufrimiento y las cosas nunca salen bien. Por suerte, este último tomo hizo exactamente lo contrario y sentí que hubo una especie de redención. Sigue siendo una historia muy optimista y muy "soft", pero justamente eso fue algo lo que se termina valorando.

La historia retoma justo donde terminó el volumen anterior. Charlie continúa enfrentando las consecuencias de su trastorno alimenticio, mientras Nick empieza su último año de colegio y debe tomar decisiones sobre su futuro y la universidad. Poco a poco ambos comienzan a darse cuenta de que la posibilidad de estudiar en ciudades distintas pone a prueba su relación. Charlie siente mucho miedo de quedarse solo y Nick tampoco sabe muy bien cómo ayudarlo, porque él mismo está aprendiendo a enfrentar la adultez. Incluso llegan a darse un tiempo para pensar qué quieren realmente, lo que por un momento me hizo creer que la historia iba a terminar mal nuevamente. Por suerte, ambos entienden que siguen queriendo estar juntos y el libro cierra dejando la sensación de que todavía les queda un largo camino por recorrer, pero esta vez lo enfrentarán juntos.

Creo que uno de los mayores aciertos del libro es mostrar que el conflicto ya no pasa por salir del clóset. Esa etapa ya quedó atrás. Ahora Nick y Charlie deben aprender a enfrentar problemas mucho más propios del crecimiento: la independencia, la universidad, las relaciones a distancia, el miedo a que la vida los termine separando y la incertidumbre de no saber qué viene después del colegio, en fin, la adultez. Me gustó mucho ese cambio porque demuestra que las historias LGBTQ+ también pueden evolucionar y hablar de los mismos desafíos que enfrenta cualquier pareja joven.

La escena que más me marcó fue cuando Charlie decide postular para delegado de su colegio. En vez de esconder quién es, utiliza justamente su experiencia como estudiante gay para hablar sobre la homofobia que vivió y propone crear un espacio seguro para estudiantes LGBTQ+. Sentí que ese momento cerraba perfectamente la evolución del personaje. Charlie deja de ser ese adolescente que vivía con miedo a mostrarse tal como era y termina usando su propia historia para ayudar a otros. Me pareció una de las escenas más potentes de toda la saga.

También me gustó mucho que el libro insista en mostrar que es posible construir relaciones sanas. Sí, probablemente sea una historia bastante idealista y entiendo perfectamente a quienes critican eso. Los personajes viven en un entorno relativamente privilegiado, en una Inglaterra en un típico bario del primer mundo con estabilidad económica fruto del saqueo colonial imperialista, y muchas veces las cosas resultan mejor de lo que ocurre en la vida real. Pero, sinceramente, nunca sentí que eso fuera un defecto. Al contrario. Creo que una historia dirigida principalmente a adolescentes también necesita mostrar que existe esperanza y que descubrir tu orientación sexual no tiene por qué significar vivir condenado al sufrimiento.

La verdad es que no hay muchas cosas que pueda criticarle. Quizás algunos lectores la encuentren demasiado optimista o poco realista, pero creo que esa siempre fue la esencia de *Heartstopper*. Nunca pretendió ser un drama devastador, sino una historia de crecimiento, amistad, amor y aceptación. Y dentro de esa propuesta, siento que cumple muy bien lo que promete.

Recomendaría esta saga a cualquier adolescente que esté descubriendo su orientación sexual o que sienta miedo de ser quien realmente es. También a cualquier persona que quiera leer una historia bonita, sencilla y esperanzadora sobre el amor. Me gusta que existan relatos LGBTQ+ donde los personajes no estén destinados únicamente a sufrir, porque creo que ese tipo de historias también pueden hacer mucho bien. Le doy un **4 de 5**. Fue un cierre que me dejó contento y, sobre todo, con la sensación de que a veces también está bien creer que las cosas pueden terminar bien.


miércoles, 22 de julio de 2026

Reseña: El Amante Japones de Isabel Allende

 


Llegué a El amante japonés  de Isabel Allende porque era el libro que nos tocaba leer en el club de lectura en el que estoy. La verdad es que mi experiencia fue bastante meh. También reconozco que probablemente el momento en que lo leí influyó bastante: estaba con mucho trabajo, pasando varios días en terreno y, además, lo terminé leyendo bastante apurado. No sé si en otro contexto mi opinión habría sido distinta, pero lo cierto es que nunca logré conectar realmente con la historia.
Desde el principio me costó enganchar. El libro avanza constantemente entre el presente y distintos momentos del pasado, con muchos saltos temporales y varios personajes que, al menos a mí, terminaron confundiéndome más que ayudándome a seguir la historia. Hubo varias partes en las que sentí que me perdía y, cuando llegábamos a un nuevo flashback, me costaba volver a ubicarme. Al final terminé leyendo casi en piloto automático, sin esa necesidad de seguir avanzando para saber qué iba a pasar.
La historia comienza cuando Irina, una joven que empieza a trabajar en una residencia para adultos mayores, conoce a Alma Belasco, una anciana que poco a poco le va revelando distintos episodios de su vida. Así conocemos cómo Alma, una niña judía-polaca llega a Estados Unidos poco antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial para protegerla del avance del nazismo, y al tiempo termina formando una familia. Sin embargo, paralelamente desarrolla una relación secreta con Ichimei Fukuda, un joven de origen japonés cuya vida también queda profundamente marcada por la guerra. A través de ambos personajes, la novela recorre varias décadas y distintos momentos de sus vidas.
Creo que lo que más rescato del libro es la cantidad de temas que aborda. Habla sobre la inmigración, la guerra, la discriminación hacia la comunidad japonesa durante la Segunda Guerra Mundial, la vejez, el amor, la homosexualidad e incluso el VIH. También me gustó la ambientación de época, que suele ser algo que disfruto bastante. El problema es que, en esta ocasión, ninguno de esos elementos logró atraparme lo suficiente como para emocionarme o hacerme sentir realmente involucrado con la historia.
Lo que menos me gustó fue justamente esa falta de conexión. Nunca sentí que el libro terminara de despegar y varias veces me pasó que seguía leyendo sin procesar demasiado lo que estaba ocurriendo. De hecho, cuando comentamos el libro en el club de lectura, mis compañeros mencionaban escenas y detalles que sinceramente ni siquiera recordaba haber leído. Ahí me di cuenta de que, más que un problema del libro, probablemente nunca logré involucrarme de verdad con la historia.
Aun así, lo recomendaría. Isabel Allende es una autora muy importante y entiendo perfectamente por qué muchas personas disfrutan tanto de sus novelas, para mi fue un pésimo primer acercamiento. Incluso no descarto volver a leer este libro en algún tiempo más, porque siento que el momento en que uno lee también influye mucho en la experiencia. Esta vez simplemente no fue mi libro. Por eso le doy un 2 de 5: no porque lo considere malo, sino porque nunca consiguió atraparme como esperaba.



Reseña de: Aristóteles y Dante se sumergen en las aguas del mundo - Benjamin Alire Sáenz

 

Llegué a Aristóteles y Dante se sumergen en las aguas del mundo de Benjamin Alire Sáenz con muchas ganas, porque la primera parte me había gustado mucho. La verdad es que este libro me pareció precioso. Al principio me costó un poco enganchar, pero más que nada porque la historia comienza exactamente donde termina el primer libro y ya había pasado bastante tiempo desde que lo leí, así que no recordaba muchos detalles. Afortunadamente, el propio autor va refrescando la memoria del lector de forma muy natural y, cuando ya logré volver a conectar con Ari y Dante, simplemente no pude dejar de leer y me demore como una semana en terminarlo.

 La historia sigue a Aristóteles y Dante ahora como una pareja formal, intentando vivir su relación adolescente dentro de una sociedad estadounidense de los años 80, marcada tanto por la crisis del VIH como por la homofobia de la época. Ambos pertenecen a familias inmigrantes mexicanas y deben aprender a desenvolverse no solo como pareja, sino también frente a sus familias, sus compañeros de colegio y un entorno que muchas veces les hace sentir que no tienen un lugar. Sin embargo, lo que más me gustó es que el libro nunca cae en el dramatismo gratuito. Todo lo contrario: Benjamin Alire tiene un tacto enorme para abordar estos temas y logra que la historia se sienta muy humana.

 Creo que lo que más destaco es la forma en que están construidos los personajes. Sentí mucha empatía por Ari y, en varios momentos, me vi reflejado en él. Es un personaje callado, reservado, que recién en su último año de colegio empieza a abrirse al mundo, a hacer amistades de verdad y a descubrir que quizás el lugar donde vive no era tan hostil como él siempre creyó. Dante, por su parte, sigue siendo un personaje muy sensible, artístico y profundamente humano. Igual que en la primera novela, las cartas, la poesía, la pintura y la introspección son fundamentales para entender cómo ambos procesan lo que sienten.

 Otro aspecto que me encantó fue el papel que tienen las familias. A pesar de tratarse de familias católicas y conservadoras de los años 80, el libro demuestra que el amor por los hijos puede ser mucho más fuerte que cualquier prejuicio o creencia. También encontré muy interesante cómo aborda la identidad mexicoamericana, el machismo y el sentido de pertenencia en la frontera entre México y Estados Unidos. Son temas importantes, pero nunca se sienten impuestos; forman parte natural de la vida de los personajes.

Hubo una parte que me gustó caleta y fue cuando todos los alumnos terminan enfrentándose a una profesora que era tremendamente racista. Lo más cuático es que la tipa tenía tan normalizados esos comentarios que ni siquiera era capaz de darse cuenta de que estaba siendo racista. Cuando los alumnos la enfrentan, en vez de hacer una autocrítica, ella termina sintiéndose la víctima, como si le hubieran faltado el respeto. Al final, entre todos prácticamente la terminan sacando del colegio y llega una profesora reemplazante que, en el poco tiempo que alcanza a estar con ellos, se gana el cariño de todos. Esa parte me pegó harto porque me acordé de varias veces en que tuve profesores que me hicieron sentir mal y nunca sentí que los demás me creyeran o me apoyaran. Acá fue todo lo contrario: hubo empatía, hubo unión entre los compañeros y, no voy a mentir, igual fue bien satisfactorio ver cómo mandaban a la chucha a una vieja qlia que no hacía más que dañar a sus alumnos (o en verdad siempre me ha gustado cuando las “figuras de autoridad” caen).

Hacia el final, la historia toma un rumbo mucho más emocional cuando la realidad de una perdida familiar golpea de cerca a Aristóteles y por consiguiente a Dante, obligándolos a crecer antes de tiempo. Ari se encuentra totalmente deprimido por su perdida y no puede encontrar consuelo ni en su pareja, ni su familia, menos en sus amigos, pero ahí estuvieron todos, al pie del cañón dándole su apoyo hasta que por fin Ari pudo salir del hoyo, asumo que en estos tiempos, hablar de psicólogos adolescentes era casi un tabú o en volá ni si quiera se tomaban en cuenta. Pero el libro nos da a entender importancia de tener una red de apoyo.

Hay otro punto que me marcó mucho, aunque siento que explicarlo con demasiado detalle sería entrar en spoilers. Me quedo con el desarrollo personal de ambos personajes y, sobre todo, con el momento en que uno de ellos tiene que irse y el otro queda con el corazón roto. Esa escena me pegó fuerte porque me vi muy reflejado y me acordé de cosas no tan buenas que me tocaron vivir, pero que también terminaron ayudándome a crecer como persona. En un momento de verdad pensé: "esta wea no puede terminar así". Me daba miedo que, después de todo lo que habían vivido, terminaran separados. Y me quedo con una frase muy buena para ese momento: "Tenemos asuntos sin completar. Quiero poder decir que hice mi parte. Sé que lo más probable es que Dante y yo sigamos cada quien su camino uno de estos días, porque estamos jóvenes. Pero creo que merezco decidir cuándo debería suceder ese cambio. Y mi voz dice: hoy no." Hermano, wn... qué jugado, quedé loco. (no me han querido ni una wea!!)

Si tuviera que ponerle algún pero, diría que me habría gustado conocer mucho más al hermano de Ari. Siento que era un personaje con muchos misterios y nunca terminé de entender por qué guardaba tanto resentimiento hacia su familia. Aun así, para mí eso no cambia el resultado final. Recomiendo muchísimo leer esta novela, pero sobre todo leer ambos libros, porque juntos construyen una historia preciosa. Creo que para muchos jóvenes LGBTQ+ puede significar mucho encontrarse con un relato donde el amor y la vida  no estan condenados al sufrimiento permanente y donde existe espacio para la esperanza. Es, sin duda, el mejor libro que he leído este año. Me hizo reír, me hizo llorar —sí, lloré—, me hizo recordar momentos de mi propia vida y, sobre todo, me hizo sentir acompañado. Le doy un 5 de 5. Alguien me dijo una vez que los libros llegan para encontrarnos, y siento que este llegó justo en el momento indicado.

domingo, 19 de julio de 2026

Mi vida los últimos 2 meses



A veces uno cree que está viviendo semanas completamente desordenadas.

Un día estás corrigiendo un informe técnico sobre biodiversidad. Al siguiente estás buscando la mezcla exacta para pintar un tono de piel al óleo. Después escribes un correo formal para reclamar un reembolso, lees un clásico de Orwell, investigas ceremonias medievales o intentas encontrar las palabras para despedirte de alguien que todavía te importa.

Parece un caos.

Pero con un poco de distancia descubrí que todas esas cosas tenían algo en común.

No estaba buscando respuestas distintas. Estaba haciendo siempre la misma pregunta.

¿Cómo vivir con un poco más de coherencia?

¿Cómo hacer bien el trabajo sin dejar que el trabajo te consuma?

¿Cómo querer a alguien sin dejar de quererte a ti?

¿Cómo aceptar el cuerpo que tienes mientras intentas cuidar el que quieres construir?

¿Cómo seguir aprendiendo sin perder la capacidad de sorprenderte?

¿Cómo crear algo bonito —una fotografía, un cuadro, un texto— en medio de semanas agotadoras?

Quizás crecer no consiste en tener una vida perfectamente ordenada.

Quizás consiste en descubrir que todas esas conversaciones aparentemente inconexas son, en realidad, distintas formas de intentar entender quién eres.

Y cuando miras hacia atrás, notas que no estabas cambiando de tema constantemente.

Estabas dando vueltas alrededor de la misma pregunta, observándola desde distintos ángulos.

Porque, al final, uno no busca tener una vida perfecta.

Busca una vida que tenga sentido.

miércoles, 1 de julio de 2026

Reseña:1984 - George Orwell


Llegué a este libro porque, como había comentado en otras reseñas, me propuse leer esos libros que se supone que uno debe leer en la enseñanza media y además, se trata de un clásico universal. George Orwell es un autor muy conocido y esta obra siempre aparece mencionada como una de sus mejores. Creo que eso no se debe solamente a que hable del totalitarismo o de la aventura de un héroe, sino porque termina reflexionando sobre la condición humana y, sobre todo, sobre el poder, el control del lenguaje, la manipulación de la memoria y la destrucción de la libertad humana. O, al menos, así lo interpreté yo.

1984 se llama así porque ese es el año en que se desarrolla la historia, pero, como ocurre en toda sociedad distópica, evidentemente no es el 1984 que todos conocemos. Aquí estamos frente a una sociedad completamente controlada por un partido político y con fuertes reminiscencias de la posguerra. Los países, tal como los conocemos, prácticamente ya no existen y hay tres grandes potencias que permanecen en guerra constante, no para conquistar territorios o recursos, sino porque la guerra es una forma de perpetuar la sociedad controlada en la que viven los personajes.

La historia sigue a Winston, un ciudadano que trabaja para el Partido, el cual tiene como líder a una figura llamada el Gran Hermano, de quien jamás se explica quién es realmente ni cómo llegó al poder. Más que una persona, representa al poder mismo, ese que mantiene a toda la población sometida a una dictadura que organiza cada aspecto de la vida y hace que las personas acepten como naturales cosas que, en realidad, les han sido impuestas. Ahí es donde entra Winston, porque no es un héroe ni un revolucionario, sino un hombre común que todavía conserva la necesidad de preguntarse qué es verdad y qué es mentira. Precisamente por eso termina convirtiéndose en un problema para el Partido.

De hecho, durante todo el libro me quedó la sensación de que el Partido no gobierna principalmente a través del miedo, sino mediante el control de la información y de la realidad. Las noticias cambian descaradamente de un momento a otro, existe toda una maquinaria dedicada a modificar la historia y hasta crean un idioma propio, la "neolengua", en el que desaparecen palabras y, con ellas, también las ideas que esas palabras permitían expresar. Al final, el lenguaje termina construyendo la realidad y la población está tan manipulada que ya ni siquiera imagina que pueda existir un mundo distinto al que le impone el Gran Hermano.

Dentro de todo este contexto también se desarrolla una situación que termina siendo más política que romántica: la relación entre Winston y Julia. En una sociedad completamente deshumanizada, su relación representa uno de los pocos espacios de humanidad, ya que el Gran Hermano prohíbe las relaciones románticas y solo permite el sexo con fines reproductivos. El Partido entiende que los vínculos afectivos generan una lealtad distinta a la obediencia absoluta, por lo que amar a otra persona termina convirtiéndose en un verdadero acto de resistencia.

También es importante considerar el contexto en el que Orwell escribió 1984. Europa acababa de salir de la Segunda Guerra Mundial y el auge de distintos regímenes totalitarios marcaba profundamente al continente. Más que atacar exclusivamente al comunismo soviético, se busca advertir sobre cualquier forma de poder absoluto, sin importar su ideología. Para ello recurrió a una distopía, es decir, una sociedad ficticia donde los problemas políticos y sociales de su época son llevados hasta sus consecuencias más extremas, como una advertencia sobre lo que podría ocurrir si ese tipo de sistemas llegaran a consolidarse.

A medida que la historia avanza, el libro se va poniendo cada vez más turbio. Aunque uno pueda imaginarse hacia dónde va el desenlace, leerlo igual resulta impactante, porque al final nadie gana y todo sigue exactamente igual. Orwell consigue transmitir una sensación muy amarga al demostrar que el Partido termina imponiéndose por completo, dejándome pensando en cómo el poder, la propaganda y la manipulación psicológica pueden quebrar la voluntad de una persona. Si les gustan los libros que siguen dando vueltas en la cabeza después de terminarlos, creo que 1984 es una lectura totalmente recomendable.

Al final, creo que el gran mensaje de 1984 es que sigue siendo una lectura completamente vigente, porque obliga al lector a cuestionarse cuánto de la información que recibe es realmente cierta y cuánto está condicionado por quienes tienen el poder. También recuerda que la libertad comienza cuando somos capaces de pensar, recordar, dudar y discrepar por nosotros mismos. Cuando una sociedad pierde esas capacidades, junto con la libertad de expresión y el acceso a una verdad verificable, empieza poco a poco a perder también su propia humanidad.

¿Qué queda de una persona cuando pierde la capacidad de pensar por sí misma?


domingo, 31 de mayo de 2026

Reseña Verity. La sombra de un engaño

 

Llegué a este libro, Verity. La sombra de un engaño de Colleen Hoover, porque me metí a un club de lectura y era el libro que teníamos que leer este mes, y a pesar de que no lo conocía para nada, terminé muy metido en su contenido. Lo leí con sentimientos encontrados. En general, me gustó, sí, aunque al principio me costó un poco engancharme. La primera parte se me hizo lenta, pero cuando la historia empieza a volverse más oscura y perturbadora, no pude soltarla; de hecho, la última mitad me la leí en un solo día, porque necesitaba saber qué estaba pasando.

Mientras lo leía, sentí que todo partía con un ambiente extraño. La protagonista, Lowen, está pasando por un momento difícil: es testigo de un accidente trágico que la deja en estado de shock, está pasando por un momento de desequilibrio económico importante, sin apoyo, sin familia, un editor que fue su pinche que la dejó con un dejo de no querer nada con los hombres y con una existencia que no la satisface. Esa sensación de incomodidad, ese malestar que arrastra, es el motor inicial, y aunque no me atrapó al tiro, porque sentía que era puro drama la protagonista.

La trama se dispara cuando Lowen, una escritora sin mucha fama recibe la oferta de terminar la saga de una autora célebre, Verity, que está en estado vegetativo luego de un extraño accidente de transito. La invitan a la casa de Verity, y ahí, mientras revisa su escritorio, encuentra un manuscrito. Y ese manuscrito es aterrador, porque ahí se revela la verdadera psicopatía de Verity, su obsesión enfermiza con su marido, y cómo, a través de esa adicción, manipula todo a su alrededor, incluso sacrificando a sus propios hijos.

Lo que destaco de este libro es que, a ratos, se siente como una serie de televisión que te genera sensaciones intensas. Hay momentos donde me sentí súper incómodo, pero igual no podía dejar de leer, porque quería saber cuál era la verdad. La atmósfera se va volviendo cada vez más oscura, y la autora juega mucho con esa incertidumbre: cada giro te deja preguntándote quién es la verdadera mente perturbada, si la propia Verity, la protagonista, o su marido.

Lo que no me gustó, en realidad, fue que la historia tarda un poco en arrancar como ya mencioné. Esa lentitud inicial, sumada a la sensación de no saber bien hacia dónde va, hizo que me costara mantenerme al principio. Sin embargo, una vez que entras en esa atmósfera turbia y llena de suspenso, el ritmo cambia y no puedes parar de leer, porque la tensión te va atrapando poco a poco.

Lo recomendaría, sin duda, pero siempre y cuando la persona esté en un buen estado mental, porque de verdad es un libro fuerte. Hay escenas bien intensas y una carga psicológica que no es para cualquiera. Aun así, si te gustan los thrillers psicológicos con giros perturbadores y una atmósfera opresiva, este libro te va a atrapar. Le doy un 4.5 de 5, porque, aunque me costó al inicio, el desenlace y la intriga me dejaron pensando mucho.

Reseña: Niebla de Miguel de Unamuno

 

Este libro lo volví a leer después de varios años, ya que lo tenía como lectura obligatoria en el colegio, y la verdad esta segunda lectura me dejó sentimientos bien encontrados. Por un lado, entiendo perfectamente por qué Niebla de Miguel de Unamuno es considerado un clásico, sobre todo pensando en todo lo que propone a nivel filosófico y narrativo. Pero, siendo sincero, me costó bastante conectar con él. Me dejó una sensación extraña, como si estuviera leyendo algo muy lejano a la forma en que uno está acostumbrado a entender una historia hoy en día, algo que igual se entiende considerando que fue escrito a principios del siglo XX.

Al leerlo, me pasó que me costó enganchar justamente por esa distancia que sentí con el relato. La historia gira en torno a Augusto Pérez, un hombre con buena posición económica, acomodado, pero muy perdido emocionalmente y con serias dificultades para relacionarse con otras personas, especialmente con mujeres. Tiene dinero, viene de una familia importante y pareciera tenerlo todo resuelto, pero al mismo tiempo es un personaje torpe, inseguro y bastante incapaz de desenvolverse socialmente. Incluso me costó ubicar bien la época en la que ocurre todo, porque, aunque se siente antigua, el hecho de que el protagonista llegue a conversar con el propio autor rompe completamente cualquier lógica temporal o realista.

La trama comienza cuando Augusto ve a Eugenia caminando por la calle y se obsesiona con ella de inmediato. Desde ahí empieza a idealizarla y a hacer todo un despliegue para conquistarla, incluso cuando ella le deja bastante claro que no está interesada. Eso fue algo que me llamó la atención, porque a ratos se siente casi como un precursor de esos tipos obsesivos que insisten sin entender un rechazo. La situación se vuelve todavía más incómoda cuando Augusto intenta ganarse su afecto pagando la hipoteca de la casa de Eugenia, creyendo que con eso puede acercarse a ella y conseguir su amor.

Finalmente, Eugenia aparenta aceptar casarse con él, haciéndole creer que dejó atrás a Mauricio, su verdadero interés amoroso. Sin embargo, todo resulta ser una farsa, porque poco antes de la boda huye con Mauricio a otra ciudad, llevándose además el dinero de Augusto para comenzar una nueva vida juntos. Esta traición destruye completamente al protagonista, quien decide suicidarse. Pero antes de hacerlo, viaja a Salamanca para hablar con Miguel de Unamuno, quien aparece dentro de la historia como personaje y le revela algo brutal: no puede quitarse la vida porque en realidad no existe, ya que es solo una creación ficticia de su imaginación.

Sin duda, lo más potente del libro ocurre en ese diálogo final entre Augusto y Unamuno. Ahí el personaje se rebela contra su creador y le plantea que, aunque sea ficticio, siente y sufre como cualquier ser humano. Incluso lo desafía recordándole que los autores también mueren. Frente a esto, Unamuno decide decretar su muerte inmediata. Augusto regresa a su casa, cena abundantemente y muere esa misma noche. Aunque médicamente se habla de un paro cardíaco, queda instalada la duda de si murió por una causa natural o simplemente porque su autor así lo quiso, lo que abre toda una reflexión sobre el destino, la libertad y hasta qué punto realmente controlamos nuestras decisiones.

Fue una lectura algo densa, y creo que eso también tiene relación con que Unamuno ni siquiera quiso llamarla novela, sino “nivola”, porque buscaba romper con las estructuras narrativas tradicionales. Eso se nota muchísimo. A pesar de que me costó conectar con la historia y que Augusto me resultó un personaje desesperante por momentos, reconozco que el desenlace logra levantar bastante la experiencia. Además, detalles como el rol de Orfeo, el perro de Augusto, y toda la reflexión final sobre la existencia hacen que el libro termine siendo mucho más que una simple historia de desamor obsesivo no correspondido. No fue una lectura que disfruté del todo, pero sí una que deja pensando bastante después de terminarla.

Reseña "El Filatelista" Nicolas Feuz

 


El filatelista
es un thriller que parte bien confuso, con varias historias ocurriendo al mismo tiempo y sin explicarte mucho al principio. De hecho, esa fue una de las primeras cosas que me pasó: no entendía bien qué estaba leyendo ni cómo se conectaban las cosas. Cada capítulo cambia de escenario, personajes y contexto, entonces si no estás muy enchufado desde el inicio, cuesta meterse en la historia.

Aun así, a medida que avanzas, empiezas a darte cuenta de que todo tiene un sentido y que las piezas comienzan a encajar.

En cuanto a la historia, el libro se pone bastante turbio en ciertos momentos, lo que claramente va en la línea de una novela policial. La idea de un asesino que utiliza piel humana para hacer estampillas es perturbadora, y logra generar incomodidad y hasta cierto miedo. También se nota mucho el tema de cómo experiencias infantiles pueden marcar profundamente a una persona, incluso décadas después, llevándola a desarrollar trastornos y buscar venganza.

Sobre los personajes, los encontré bien logrados en general. No son demasiados, lo que se agradece, y es interesante cómo al final se revela que todos están conectados de alguna forma, incluso desde el colegio. Ese cierre le da sentido a todo el enredo inicial. El asesino, en particular, es un personaje muy perturbador: un psicópata que realmente llega a dar miedo por lo que es capaz de hacer.

Ahora, lo que no me gustó tanto fue el inicio. Me costó enganchar justamente por lo enredado de la estructura y porque los personajes se presentan de forma bien acotada, sin mucho desarrollo al principio. Aunque pasan muchas cosas rápido, no logré conectar de inmediato con la historia.

En fin, es un libro piola. No es la gran cosa, pero cumple dentro del género, sobre todo si te gustan los thrillers más oscuros y perturbadores. Tiene momentos fuertes y un final que logra ordenar todo, pero hay que tenerle paciencia al comienzo.

jueves, 14 de mayo de 2026

Sistema qliao

Encuentro insólito que vayas al consultorio más cercano a tu casa y te digan que no te pueden atender porque te tienes que inscribir, entonces me dicen que vaya el lunes a inscribirme, y luego tengo que ir el martes a las 6 am a "pelear" un número de atención para que me puedan atender el miércoles...

Que mierda el sistema público weon.

Que alguien me explique que sentido tiene el sistema, si estoy enfermo hoy, no el miércoles weon 🫠🫠🫠 

viernes, 1 de mayo de 2026

Reseña Formas de volver a casa



 Formas de volver a casa me lo recomendaron, así que le vi potencial y quise leerlo. Mi hermano me lo compró, así que aquí va mi reseña: Es un libro de Alejandro Zambra, el cual nunca había leído, pero al parecer es bastante conocido (peco de ser ignorante en literatura chilena) y el libro se trata de un viaje íntimo a la infancia del autor, narrado desde los ojos de un niño de 9 años en medio de la dictadura de Pinochet en los años ochenta. Zambra logra capturar esa inocencia, con anécdotas que son bastante chistosas y cargadas de significado. Una de las escenas que más me dio risa fue cuando, sin querer, borra una parte de un casete y se graba cantando. Esa mezcla de vergüenza cuando los padres lo pillan, de verdad me hizo mucha gracia.

Además, me intrigó mucho la relación con su vecina, Claudia, que lo envía a espiar a un supuesto tío y él lo ve como un juego de niños, y al final él descubre el secreto más importante del libro. Como lector tampoco se entiende bien qué está pasando e incluso me imaginé cualquier cosa, ya que él cuenta que el tipo escondía “hombres” en la casa, pero después se revela que en realidad se trataba de esconder a personas perseguidas por la dictadura.

Al regresar de adulto a Chile, tenemos esta relación con Eme, una figura difusa que no sabemos bien si es la misma Claudia u otra persona, y que se entrelaza con su adultez. Y ahí es donde el libro se vuelve más difuso, porque nos deja con la sensación de que lo que no se dice también es parte de la infancia. Además, algo que me pareció interesante es que el libro está enmarcado entre dos momentos bien concretos: parte con el terremoto del 85 y cierra con el del 2010, como si esos eventos marcaran un antes y un después, no solo en el país, sino también en la vida del narrador. Es un libro corto, entretenido, de lectura rápida, aunque sí, a veces los saltos en el tiempo te descolocan y uno se pierde un poco.

Aun así, a mí me dejó pensando en cómo muchas cosas que hicieron sus papás —y también los padres de Claudia— durante la dictadura fueron, en el fondo, una forma de proteger y resguardar las infancias. Y eso es lo que más me quedó al final: que las formas de volver a casa no son tan simples como uno cree. Sobre todo cuando creciste en un contexto como la dictadura, donde muchas cosas no se explicaban, no se hablaban y quedan medio suspendidas en la memoria. Volver a casa, en ese sentido, no es solo regresar, sino intentar entender cómo encaja todo eso con tu infancia y con la relación, a veces compleja, que terminas teniendo con tus padres.

martes, 7 de abril de 2026

xto

Agradezco tener trabajo. Pero ya BASTA. Estoy cansado de venir al norte. Quiero que d me manden a la zona central o al sur, cambiar de aire, con menos restricciones y una forma de trabajo más humana. El norte me tiene CHATO. Las mineras me tienen CHATO. Esta modalidad de trabajo también me tiene CHATO. Me pesa sentir que incluso mi vida privada está bajo control: no poder compartir un vino con mi papá un domingo, no poder relajarme fumándome un caño con un amigo un sábado, tener que estar siempre midiendo lo que hago, como si nunca dejara de estar en la pega. 
Y lo peor es que ni siquiera en los días de descanso hay descanso real. Siempre aparece algo, siempre hay una solicitud, un pendiente, una preocupación. Al final, todo se reduce a lo mismo: trabajo, trabajo y más trabajo. Siento que uno nunca se desconecta de verdad. 
Que desgastante. Me quiero bajar wn... A veces parece que la vida se reduce a cumplir y producir, sin mucho espacio para simplemente vivir.

lunes, 6 de abril de 2026

Vapores



Últimamente, cuando voy al sauna, hay algo que se repite: siento que nadie me pesca. Es una sensación difusa, pero se instala. No sé si es mi cuerpo, mi cara, mi mirada al resto, mi actitud, o quizás es algo más interno, un cuestionamiento de si todavía encajo en esos espacios. Me pregunto si tiene sentido seguir yendo, o si es hora de dejarlo o cambiar la actitud, o simplemente exigirme ser más ‘mamadísimo’ para encajar. 

Ayer, justo, estaba en el sauna húmedo, y entraron dos chicos, claramente menores de 25 años, muy compinches, seguros de sí mismos. Uno estaba totalmente desnudo, el otro con su sabanilla, y los vi un rato, sin intención erótica, solo observando y también contemplando la belleza del cuerpo desnudo masculino. Después salieron y no los vi en harto rato. Me fui a otras instalaciones, y más tarde, fui a la piscina que tiene el sauna. Ahí me di cuenta de que no eran solo dos, eran tres cabros y bien guapos. Y a esta edad uno ya distingue al tiro quién es de tu rango etario y quién es más pendejy creo que ninguno pasaba los 22 años. Y me acerqué, con la idea de iniciar una charla, aunque fuera mínima, pero ellos estaban tan dentro de su mundo, tan clausurados entre ellos, que no hubo espacio. Conversaban, se tocaban, se besaban, se exploraban sus cuerpos y sus penes flácidos y también erectos... En verdad se veían tan libres, y eso me hizo sentir una mezcla de admiración y nostalgia. Me vi a mí a esa edad, preguntándome por qué no pude sentir esa libertad, esa seguridad de disfrutar el momento, sin temor a juzgamientos. Me dio una ternura fuerte, y una añoranza por haber tenido, no solo esa edad, sino también la plata, las ganas, y amigos que hubieran querido venir al sauna conmigo.

Al final, me fui a los otros lados del sauna. Quise volver después a la piscina, pero ya estaba cansado. Igual al pasar por la piscina, pegué una mirada y ahora vi que eran cuatro los cabros, todos de más o menos la misma edad, y fue un momento agridulce. Fue rico verlo, pero también me dejó con esa sensación de que, a veces, uno se queda mirando desde afuera, y se pregunta qué habría pasado si se hubiera atrevido a vivirlo antes.



domingo, 5 de abril de 2026

FOMO




El día de ayer fue el cambio de horario, y la verdad es que siempre me ha apestado. Me carga el horario de invierno. Nunca he entendido bien por qué tenemos que hacer esto y acostumbrarnos a que anochezca tan temprano, a vivir con menos luz, como si eso no afectara en nada. A mí sí me afecta, y harto.

Hace un par de años que vengo sintiendo algo que podría ser depresión estacional. Me pasa que en esta época me apago un poco, me pongo más cabizbajo, y mi estado anímico se va a la mierda. No es algo nuevo, pero cada vez lo noto más.

Y últimamente, además, se me ha metido fuerte el FOMO. Esa sensación de que me estoy perdiendo cosas. De que todos están viviendo algo y yo no. Y no es solo una idea: tiene que ver directamente con el estilo de vida que tengo, que al final está completamente determinado por mi trabajo.

Por la modalidad en la que trabajo, nunca estoy del todo libre. Incluso en mis días de descanso hay una especie de presión constante, como si en cualquier momento algo pudiera pasar. Y además están los test de drogas y alcohol, que condicionan caleta lo que puedo o no puedo hacer. Entonces cosas tan simples como fumarme un pito o tomarme una chela —sobre todo en esos últimos días de descanso, cuando uno quiere relajarse de verdad— terminan siendo un riesgo.

Y el pito, por ejemplo, es algo que disfruto. Me gusta, sobre todo cuando estoy acompañado, cuando hay buena onda, cuando se da ese espacio más íntimo o relajado. Pero ni eso puedo hacer tranquilo. Y al final, eso igual te va cortando el tipo de fin de semana que podrías tener. Te limita, te encierra un poco.

Entonces pasa que me quedo en la casa, evitando situaciones, tratando de no exponerme, porque sé que hay cosas que me pueden perjudicar en la pega, y no estoy en una posición donde me pueda dar ese lujo. Pero mientras tanto, veo redes sociales y está todo el mundo pasándolo bien, saliendo, compartiendo, viviendo cosas. Y ahí es donde el FOMO pega más fuerte.

Hoy día, domingo, se sintió aún más. Llegué a la casa y no había nadie. Nadie me habló. Nadie me escribió. Traté de buscar algo de compañía, aunque fuera sexo fácil, y tampoco resultó nada. Y ahí es donde todo se junta: el cambio de horario, el bajón anímico, las limitaciones, el FOMO… y la sensación de soledad.

Al final, es eso. Sentirse un poco fuera, un poco desconectado, como mirando la vida de otros desde lejos, mientras uno trata de hacer lo correcto, de cuidarse, de mantener la pega, pero igual pagando el costo emocional de todo eso.




miércoles, 1 de abril de 2026

Reseña de El filatelista – Nicolas Feuz

Compré este libro porque lo promocionaron en una cuenta de insta a través de un concurso, el cual no gané, así que como me tincaba, lo adquirí. 

El filatelista es un thriller que parte bien confuso, con varias historias ocurriendo al mismo tiempo y sin explicarte mucho al principio. De hecho, esa fue una de las primeras cosas que me pasó: no entendía bien qué estaba leyendo ni cómo se conectaban las cosas. Cada capítulo cambia de escenario, personajes y contexto, entonces si no estás muy enchufado desde el inicio, cuesta meterse en la historia. Además el libro esta situado en Francia, y hay muchos escenarios en francés, lo que ayuda a un poco a confundirte (no es una crítica, solo lo expongo como algo que me pasó). 

Aun así, a medida que avanzas, empiezas a darte cuenta de que todo tiene un sentido y que las piezas comienzan a encajar. El libro tiene varios flasbacks a la infancia de los personajes, no sé explica si son los años 80s o antes, pero es parte de la magia de trama, creo. 

En cuanto a la historia, el libro se pone bastante turbio en ciertos momentos, lo que claramente va en la línea de una novela policial. La idea de un asesino que utiliza piel humana para hacer estampillas es perturbadora, y logra generar incomodidad y hasta cierto miedo. También se nota mucho el tema de cómo experiencias infantiles pueden marcar profundamente a una persona, incluso décadas después, llevándola a desarrollar trastornos y buscar venganza.

Sobre los personajes, los encontré bien logrados en general. No son demasiados, lo que se agradece, y es interesante cómo al final se revela que todos están conectados de alguna forma, incluso desde el colegio. Ese cierre le da sentido a todo el enredo inicial. El asesino, en particular, es un personaje muy perturbador: un psicópata que realmente llega a dar miedo por lo que es capaz de hacer.

Ahora, lo que no me gustó tanto fue el inicio. Me costó enganchar justamente por lo enredado de la estructura y porque los personajes se presentan de forma bien acotada, sin mucho desarrollo al principio. Aunque pasan muchas cosas rápido, no logré conectar de inmediato con la historia.


En fin, es un libro piola. No es la gran cosa, pero cumple dentro del género, sobre todo si te gustan los thrillers más oscuros y perturbadores. Tiene momentos bien fuertes que logran incomodar y un final que termina ordenando todo el caos inicial, lo que igual se agradece después de lo enredado que parte. Para mi perspectiva, es de esos libros que hay que tenerles paciencia, porque si logras pasar esa primera barrera, la historia mejora y se vuelve más interesante. No es un libro que recomendaría a todo el mundo, por lo gore que es en un momento pero sí a quienes disfrutan de tramas más retorcidas y psicológicas.

martes, 3 de marzo de 2026

no se que hago a veces

No soy creyente ni le doy gracias a ningún dios. Pero aun así me resulta evidente que estamos jugando nuestra vida en un sistema que, claramente —y me incluyo—, no está hecho para todos. Vivimos en un planeta que nos ofrece agua, aire, alimento y múltiples recursos de manera gratuita, lo necesario para subsistir. Sin embargo, como humanidad —y especialmente desde las grandes potencias y élites— decidimos que la forma “correcta” de organizarnos sería otra: un modelo que nos exige pasar entre diez y veinte años estudiando para aspirar a un trabajo “más o menos digno”, de lunes a viernes, de ocho de la mañana a seis de la tarde.

Un trabajo que muchas veces no paga lo suficiente, que nos mantiene atrapados en reuniones eternas por Microsoft Teams que podrían resolverse con un simple correo, y cuyo gran premio es disponer de apenas dos semanas de descanso al año. Normalizamos esta estructura como si fuera la única posible, como si fuera lo mejor para nuestra sociedad y para nuestras vidas.

No sé en qué momento aceptamos que esta era la forma correcta de vivir. A veces siento que el sistema nos empuja a competir, a rendir y a sobrevivir más que a vivir realmente. Y en medio de todo eso, surge una pregunta incómoda: ¿de verdad esto es lo que queremos sostener como modelo de vida?

lunes, 2 de marzo de 2026

Febrero

 Al terminar febrero quedé con una sensación rara. No es solo que se acabe el verano. Es que fue un mes fuerte, pesado, y siento que todavía no lo termino de procesar.

En pleno verano tuve un problema de salud que me dejó marcado. Un día desperté viendo pésimo, todo borroso, distorsionado. Ir al médico y que te digan que existe la posibilidad de que te quedes ciego no es algo que uno escuche con tranquilidad. A mí no me hizo ninguna gracia. Me descolocó completo. Me asustó más de lo que quiero admitir.

Tuve que pedir licencia. Licencia la cual no me la van a pagar. Perdí casi un tercio de mi sueldo. Y aunque uno intenta hacerse el fuerte y decir “ya, filo, lo importante es la salud”, la realidad es que la plata importa. Y cuando no está, se siente. Se siente en la cabeza, en el ánimo, en la forma en que uno mira el futuro inmediato.

Hubo un momento en que me vi tan sobrepasado que terminé yendo al cementerio a encomendarme a mis abuelos. Necesitaba sentir que alguien me sostenía, aunque fuera simbólicamente. Necesitaba pedir ayuda. Y eso ya dice bastante de cómo estaba.

Entonces pasa el verano y, cuando miro hacia atrás, no veo descanso, no veo liviandad. Veo trabajo, enfermedad, preocupación. Y otra vez, a mis 36 años, siento que se fue otro verano sin hacer nada realmente significativo. Desde que salí de la U siempre me ha tocado trabajar en verano. Nunca esa semana típica en la playa en enero o febrero. Sí, me fui de vacaciones en noviembre, pero no es lo mismo. No es la misma sensación que estar en verano, mientras todo el mundo parece desconectado, y uno sigue en Santiago trabajando.

Y cuando no es trabajo, es incertidumbre económica. Si no hay pega estable, hay que salir a buscar terrenos para freelancear. Siempre resolviendo, siempre viendo cómo cuadrar el mes. Como que nunca es simplemente estar tranquilo.

Y encima, este fin de semana me dejaron plantado. Varias veces. Planes que no se concretan, gente que no responde. Y ahí aparece la pregunta incómoda: ¿soy yo el problema? ¿Qué está pasando que nada de lo que intento hacer resulta? Quiero juntarme con alguien, armar un plan simple, y no pasa. Me dejan esperando. Y eso suma, aunque parezca chico.

Todo eso junto me deja con una sensación de amargura difícil de explicar. Como si nada terminara de llenar. Como si estuviera funcionando en automático, pero sin entusiasmo real. Y no sé bien qué hacer con eso todavía. Solo sé que febrero terminó, que el verano se fue, y que me quedó esta mezcla de cansancio, frustración y algo que todavía no logro nombrar.

Tal vez escribirlo es el primer intento de empezar a entenderlo.

martes, 17 de febrero de 2026

 Me salió una publicación en instagram y escribí esto pensando en publicarlo, pero al final para que? 

como este es mi espacio personal, lo pondré aquí

Gracias, Nicolás, por hacerme ver la clase de persona que fuiste conmigo. Aunque lo conversamos en dos oportunidades, eso no borra lo que hiciste. Yo te consideraba uno de mis mejores amigos: te abrí mi vida, mi familia, mis temores y mis amores. Y aun así, me traicionaste de la peor manera posible. Esa traición no solo quebró nuestra amistad, también me enseñó, de forma brutal, lo que significa ser herido por alguien a quien uno quiere de verdad. Gracias a eso —y pese al dolor— maduré y aprendí a cuidarme mejor, a desconfiar de quienes ofrecen amistad sin ser capaces de sostenerla.

Por otro lado, también gracias al otro Nicolás. A ti, que me decías que me amabas mientras me mentías de la peor forma. Me hiciste sentir menos frente a otros, me dejaste con cosas compradas para recibirte, con una casa preparada y un regalo de Navidad que terminé botando a la basura. Mientras yo te esperaba durante tres días, tú estabas acostándote con otros, y a mí me repetías por meses que no podías tener relaciones conmigo. Ese abuso psicológico también me hizo crecer. Me enseñó que, aunque alguien diga que te ama, no siempre es seguro entregarse por completo. Y está bien no hacerlo. Pensar en uno mismo puede parecer egoísta, pero muchas veces es necesario para cuidarse. Eso también lo aprendí contigo.

Reseña La Metamorfosis y otros relatos de Kafka

 Probablemente muchos de ustedes leyeron este libro en el colegio/liceo; yo no. No estaba en la lista de lecturas durante la media en los años 2000 en mi liceo (creo), así que estuve siempre bien distante de lo que era Kafka y su obra, su vida y su pensamiento crítico. En parte, llegué a este libro precisamente para entender el meme que todos suben y que yo no entendía hasta ahora.


Partimos por el cuento de “La metamorfosis” (Die Verwandlung), publicado en 1915, donde conocemos a Gregorio Samsa, un trabajador que vive con sus padres y su hermana. Tenía una vida normal para un joven asalariado a principios del siglo XX, pero algo pasa, algo que no se explica: despierta convertido en un gran insecto (nunca se dice que es una cucaracha, pero al parecer, colectivamente se dejo que era ese insecto).


Lo primero que nos llama la atención es que, a pesar de tan increíble transformación, lo que más le preocupa a Gregorio es cómo va a hacer para no faltar al trabajo. ¿Increíblemente triste no? ¿Cómo va a ser esa su única preocupación? Pues a mí sí me llamó la atención , sobre todo porque, a pesar de que tiene un pequeño retraso, hasta su jefe va a buscarlo a su casa para preguntarle por qué no tomó el tren de siempre para ir al trabajo. Luego de eso, nos enfrentamos a otra transformación de su entorno, que ya no es corporal sino social, ya que al ser el sustento económico de su familia él es querido y respetado; pero cuando se vuelve un insecto deja de ser útil y se transforma en una carga, exponiéndonos una brutal revelación sobre la fragilidad de los vínculos cuando están sostenidos por la utilidad más que por el amor.


Gregorio pierde la capacidad de hablar, deja de comunicarse, de moverse, y mientras su familia lo mantiene aislado en su cuarto y lo priva de sus cosas, él cada vez se va diciendo a sí mismo y se convence de que está mejor muerto que vivo. Y aunque su familia lo cuida en un principio, al terminar la historia están más que tranquilos al no seguir con el peso de cuidar y esconder a Gregorio.


Otro relato que me gustó se llama “El artista del hambre”: un hombre que practica el ayuno en un show de variedades itinerante, no solo como un número artístico y novedoso, sino también como una filosofía de vida, que es lo que más lo mueve. Pero la sociedad quiere espectáculo, no radicalidad filosófica. Él quiere ser querido y respetado, pero solo encuentra indiferencia. Al final, en su último suspiro, no muere por falta de nutrición, sino por la desconexión entre él y su entorno, y por la indiferencia no solo de la sociedad, sino también de sus patrones, quienes reemplazan su jaula rápidamente con otro espectáculo, al momento de encontrarlo muerto.


Luego tenemos el relato “El primer dolor”, donde conocemos a un trapecista que decide vivir en las alturas porque busca perfeccionar su arte a toda costa. Se da cuenta de que necesita un segundo trapecio, lo que le genera angustia y ansiedad, lo que al menos yo interpreté como que, al fin y al cabo, la autoexigencia jamás se satisface. Esto provoca que el personaje también se aísle totalmente de su entorno, tanto social como de su propia vida personal.


En “La condena”, otro relato brutal, el conflicto es principalmente familiar y simbólico, y suele leerse como un reflejo de la relación del propio Kafka con su padre. En la historia, la figura paterna dicta una sentencia definitiva sobre el hijo luego de una discusión, un acto que puede entenderse como el corte del cordón umbilical, la separación absoluta de la autoridad del padre. El salto del protagonista al río puede interpretarse tanto como una muerte física como una forma de liberación, el fin de una vida marcada por los reproches constantes y por la sensación de no haber logrado nunca estar a la altura de las expectativas paternas. 


Pero no todo en este libro es existencialismo y penurias. Podemos leer otro cuento que se llama “Contemplación”, donde el tono es distinto, más melancólico. Conocemos a un niño que observa el mundo desde el jardín de su casa: obreros, autos, el cielo cambiante. Posteriormente corre con otros niños entre riachuelos y caminos; es, más que nada, infancia en su estado puro. Pero queda claro que esa plenitud de la infancia es fugaz: el grupo de niños se dispersa, el tiempo se cierra. La experiencia total dura un instante. ¿Qué recuerdas de tu propia infancia?


Finalmente, dentro de todos los cuentos, podemos hablar de “Josefina la cantante o el pueblo de los ratones”. Kafka vuelve a reflejar la sociedad y las autopercepciones. Josefina, una ratona que vive en una colonia de roedores, cree que su canto salva al pueblo, pero su arte no es objetivamente distinto del chillido común de un ratón. El pueblo la escucha, la cuida; ella busca reconocimiento y un trato especial, pero no le conceden excepcionalidad. Cuando desaparece, la comunidad continúa. La figura del artista se revela pasajera; lo permanente es la colectividad. Entonces, ¿el arte nos salva o solo nos ofrece una pausa?


Kafka al final me resultó un autor bien sumergido en el existencialismo —y no sé por qué siempre termino leyendo cosas de esta temática—, reflejando al ser humano en un sistema que lo carcome constantemente como persona, donde el individuo (nosotros) ha quedado al margen de un sistema mecánico, autónomo, sin posibilidad real de influir en él. Por ende, solo puede observar cómo el sistema avanza mientras se siente sobrante y preguntándose a qué viene uno al mundo.


Los personajes se enfrentan a fantasmas del pasado, a las costumbres sociales, a la melancolía, al día a día, al yugo de las relaciones sociales y, finalmente, al “sistema”, siempre con un dejo de no entender cuál es el motivo de por qué estamos aquí (al menos yo lo entendí así).



⭐ ⭐ ⭐ ☆ ☆

viernes, 13 de febrero de 2026

Querido Diario


No me da vergüenza mostrar mi cuerpo. No tengo por qué tenerla. Lo poco que he construido me ha costado muchísimo, y cada marca, cada cambio, cada avance es parte de esa historia. Mostrarme casi desnudo no es provocación ni descuido: es una forma de decir que no me escondo.

La vida, eso sí, me tiene agotado. La operación parece estar remitiendo, pero todavía no logro entender del todo qué pasó ni por qué. Y mientras intento recuperar equilibrio, me veo atrapado entre la necesidad de trabajar —porque el sistema no espera— y la necesidad de cuidar mi propia salud para no seguir perdiendo días ni estabilidad. Esa tensión me descoloca profundamente. Es absurdo que uno tenga que elegir entre el bienestar y el sustento.

A veces me pregunto en qué tipo de sociedad vivimos, donde el cuerpo solo importa cuando produce, pero cuando duele o necesita pausa se convierte en un problema. Esa contradicción cansa.

¿Y qué tiene que ver todo esto con mostrarme casi desnudo? Mucho. Porque desnudarse también es reconocer la vulnerabilidad. Podemos ser hombres firmes, con valores claros, con carácter fuerte, y aun así ser frágiles. Somos, al final, un entramado sensible de nervios y emociones dentro de una carcasa de carne. Así nacimos y así vamos a morir.

Mostrarse sin armadura no es debilidad. Es honestidad.




 

martes, 10 de febrero de 2026

El horror y el miedo me tienen pal pico

 Voy a escribir esto en caso de que pase alguna wea.

Quiero contar que estos últimos tres días perdí alrededor del 20% de mi visión.

Ayer me hicieron un montón de exámenes y, al parecer, mis ojos decidieron irse a huelga.

En teoría, la cirugía hace que el ojo pierda sensibilidad y también pierda parte de su lubricación natural, por lo que uno tiene que aplicarse gotitas constantemente. Eso es algo que yo sí estaba haciendo.

Pero parece que en mi caso fue más severo: el ojo seco, sumado al ambiente, provocó que se me generaran pequeñas heridas en la córnea. Esto hizo que la córnea se inflamara y, al estar en ese estado, se pierde la integridad de todo el sistema de visión, lo que explicaría por qué estoy viendo mal.

Espero que sea solo eso, porque no me explico lo rápido que fue todo. En las evaluaciones que me hicieron ayer, el proceso de cicatrización está bien: el flap (la lonja de córnea que te cortan en la operación) está en su lugar y, en teoría, no hay nada malo.

Por ahora, lo único que queda es esperar a que la inflamación baje y todo sane. No me dieron licencia, pero al menos en la pega no me van a mandar a terreno por un tiempo. Es mejor quedarme en Santiago haciendo cosas de oficina y no exponerme.

no sé como va a terminar esto, estoy con la fe que solo es una mala experiencia y que todo va a resultar increible.

Saludos!

domingo, 4 de enero de 2026

Reseña del libro Gente Normal de Sally Rooney

 Llegué a este libro porque un amigo me mandó una publicación sobre el horóscopo sobre que los libras deberíamos leer este libro, y bueno, lo compré y lo leí, y la verdad, me desilusionó, así que no se si es porque no creo en los horóscopos o en verdad el libro no me gustó o simplemente no entiendo el mundo amoroso heterosexual toxico.

Gente normal es un libro que muchos aman (me percaté al leer y buscar reseñas una vez terminado) y otros tantos no terminan de entender (como mi caso), y creo que ahí está parte del problema. La novela se centra en la relación entre Marianne y Connell, dos personajes marcados por la inseguridad, la clase social, el silencio y una dificultad casi permanente para decir lo que sienten (que definitivamente es lo que más me CANSA). Más que una historia de amor es el retrato de dos personas que se encuentran y se pierden constantemente, sin lograr nunca coincidir del todo.



Uno de los puntos que más se destaca en las reseñas es su “realismo” emocional: las conversaciones incómodas, los malentendidos, la forma en que ambos se hieren sin querer (o queriendo un poco), pero ¿es tan real eso? Destaco eso sí que la autora, Sally Rooney escribe con una prosa limpia y fácil de leer, muy enfocada en lo que pasa por la cabeza de sus personajes. Eso puede sentirse íntimo y honesto para los personajes, pero también frío o inentendible si no logras conectar con ellos.



También puede cansar esa sensación de estancamiento: Marianne y Connell parecen avanzar, pero muchas veces vuelven al mismo punto, repitiendo dinámicas de inseguridad, malentendidos y dependencia emocional. Para algunos eso es realismo brutal; para otros, simple reiteración toxica sin comunicación efectiva. En lo personal, sentí que el libro se quedaba girando sobre lo mismo durante demasiado tiempo, como si la historia no se atreviera a empujar a los personajes un poco más allá.


El tema de la salud mental, especialmente la depresión y la autoestima, está muy presente y tratado con seriedad, pero nuevamente, si no hay un vínculo emocional previo con los personajes, todo eso puede sentirse distante. Entiendo por qué a muchos les llega profundo, pero a mí me costó involucrarme en verdad.


Y el final —tan abierto— puede sentirse más como un “ya, ¿y?” que como una conclusión con peso. No porque esté mal escrito, sino porque no propone nada nuevo: solo confirma que así son ellos. Si no conectaste emocionalmente antes, ese cierre no tiene cómo salvar la experiencia. Más que dejar pensando, a mí me dejó con una sensación de vacío poco estimulante.


Quizás parte de que este libro no me haya gustado también tiene que ver conmigo y con cómo entiendo hoy las relaciones. Hace varios años que solo tengo vínculos abiertos y poliamorosos, y el modelo de amor heterosexual que propone la novela simplemente no me hace sentido. Sobre todo cuando se da a entender que muchas de las dinámicas que viven Marianne y Connell son “normales”. ¿Es normal no comunicarse bien con la pareja? ¿Es normal callarse lo importante, asumir, depender emocionalmente del otro y repetir una y otra vez los mismos errores? En ningún momento sentí que hubiese espacio para la responsabilidad afectiva, la comunicación efectiva o el aprendizaje real de poner límites. Por lo mismo, tampoco termino de entender el título Gente normal: más que personas “normales”, lo que vi fueron dos personajes que necesitaban urgentemente dejar de depender de forma tóxica el uno del otro.


En resumen, Gente normal es un libro coherente con lo que quiere contar y fiel a su estilo, pero no necesariamente atrapante para todos. Puede ser una lectura potente si entras en su tono y en sus personajes; si no, se vuelve repetitiva, toxica y algo plana. En mi caso, no me convenció, aunque entiendo perfectamente por qué a otros sí (y sinceramente, mejor hacer una buena introspección gente, sobre todo si sienten que el libro es tan genial como salen en estas reseñas).