sábado, 26 de septiembre de 2026

37

 Llegar a los 37 ha sido cuático. Miro hacia atrás y todavía no me creo cómo pasa el tiempo. Ahora estoy empezando a entender a esos “mayores” que me decían que los años se pasan volando, porque de verdad siento que últimamente todo va en 2x.

Es increíble pensar que hace algunos años estaba en la caca misma. Y sé que varios de acá me conocieron así: casi dos años sin encontrar pega de lo que había estudiado, sin plata, viviendo prácticamente de la caridad de mis padres y teniendo más de 30 años. Para mí fue una etapa súper desgastante, porque no era solamente estar sin trabajo; también era sentir que la vida que había imaginado para mí no estaba ocurriendo. Y ahora, algunos años después, estoy viviendo de manera independiente, trabajando en algo que me gusta y con ganas de seguir viviendo la vida. No sé si todo salió como esperaba, pero definitivamente terminé en un lugar que hace unos años no sabía si iba a alcanzar.

También pienso en toda la gente que ha pasado por mi vida durante estos últimos siete años. Y han sido muchos. Somos seres humanos, mamíferos y animales gregarios; necesitamos de otros para vivir y, al menos desde mi formación ligada a la naturaleza, siempre me ha hecho mucho sentido pensar que nuestra vida también se construye en manada. Compartimos años, historias, afectos, peleas, sexo, amistad, proyectos y un montón de cosas con personas que, muchas veces, llegan sin que sepamos cuánto tiempo van a quedarse.

Y la verdad es que he aprendido de prácticamente todos. A veces porque la cagué yo, otras porque la cagaron conmigo y otras porque tuve la suerte de encontrarme con personas increíbles que hicieron mi vida mucho más bonita. Creo que gran parte de crecer está justamente ahí: aprender a filtrar. Saber con quién sí y con quién no. Agradecer a quienes se quedaron, llorar a quienes se fueron —incluso cuando uno no quería que se fueran— y también aceptar que hay personas que uno mismo tuvo que mandar a la chucha, aunque haya dolido como una patada en el pecho.

También estoy aprendiendo que cuando alguien te dice que no, es no. Que no puedes obligar a alguien a quererte, a quedarse, a entenderte o a querer compartir su vida contigo. Y que, aunque uno pueda pasar meses buscando explicaciones, a veces simplemente hay que aceptar que las cosas no eran para uno.

Así que quiero vivir estos 37 con la convicción de intentar hacer las cosas un poquito mejor. Ser más observador, pensar antes de actuar y tratar de ser menos impulsivo. También quiero mirar la vida de una manera más plena y dejar un poco de lado algunas amarguras que durante mucho tiempo me han acompañado.

Pero tampoco quiero caer en esa idea de que ahora todo será increíble y que la vida se trata simplemente de pensar positivo. El positivismo tóxico también me parece una mierda. El mundo está como está, vienen tiempos difíciles para este continente y probablemente nos tocará seguir viviendo momentos históricos que nadie pidió. De hecho, sigo pensando: “ya no quiero seguir viviendo hechos históricos”, pero parece que la historia no está muy interesada en preguntarnos.

Al final, quizás cumplir 37 también se trata de aceptar eso. Que no tenemos demasiado control sobre lo que viene, pero sí sobre la forma en que queremos vivirlo. Seguir conociendo gente, equivocándome, aprendiendo, queriendo, perdiendo, viajando, leyendo, trabajando, cagándola y volviendo a intentarlo.

Porque quizás la vida se trata justamente de eso: de seguir sorprendiéndose cada día con lo ridículo, absurdo y hermoso que puede llegar a ser esta monotonía de estar vivos.

domingo, 6 de septiembre de 2026

Reseña: Los renglones torcidos de Dios — Torcuato Luca de Tena



Este libro tuvimos que leer en el club de lectura, asi que empecemos: la historia en general me pareció buena y parte de una premisa que engancha bastante, pero el libro se me hizo bien denso. Entiendo el contexto literario de los años 70 y que mostrar con tanto detalle cómo funcionaba un psiquiátrico probablemente era bastante novedoso. Aun así, siento que cae en el pecado de querer mostrar más de lo necesario. La historia se sigue fácilmente, pero desde la mitad empecé a sentir que se hacía demasiado larga.

La novela sigue a Alicia Gould de Almenara, quien ingresa a un hospital psiquiátrico supuestamente como detective privada para investigar un asesinato. Sin embargo, existe otra versión: Alicia habría intentado envenenar a su marido y padecería un delirio paranoico que la llevó a inventarse toda esa investigación. Desde ahí, el libro juega constantemente con la pregunta de si Alicia está realmente infiltrada o si todo forma parte de su enfermedad.

Alicia me pareció un personaje muy perspicaz y bien cabrona con sus weas. Tiene unos aires de superioridad enormes, pero le funcionan porque es extremadamente inteligente y sabe argumentar y convencer a quienes la rodean. Al principio es fácil comprarle completamente su versión, pero desde más o menos la mitad empiezas a pensar: “ya, capaz que esta señora sí esté loca”. Esa ambigüedad entre cordura y locura fue de lo que más me gustó.

También rescato cómo muestra el funcionamiento del psiquiátrico y las historias de quienes viven ahí, aunque esto mismo terminó jugando en contra. Hay una cantidad enorme de pacientes, cada uno con su historia, diagnóstico y apodo, y llegó un momento en que sentía que no necesitaba conocer individualmente a tanta gente. Lo mismo con las explicaciones: muchas veces pensé que el autor perfectamente podría haber llegado al mismo punto con varias páginas menos.

El desenlace no fue algo que me volara la cabeza, porque evidentemente en algún momento íbamos a descubrir cuánto había de cierto en la historia de Alicia. Lo interesante es que, incluso cuando conocemos su diagnóstico, ella siempre termina quedando “bien”: inteligente, grandilocuente y capaz de imponerse. Y quizás ahí está mi reflexión: un diagnóstico por sí solo no te va a explicar quién eres si tú tampoco estás dispuesto a cuestionarte y hacerte cargo de tus propias acciones.

No sé si lo recomendaría tanto. No sentí que perdiera el tiempo leyéndolo porque la historia es buena, tiene buenos giros y entiendo por qué se convirtió en una novela tan conocida, pero creo que habría disfrutado mucho más una versión bastante más corta. En volá sale mejor ver la película, que cuenta prácticamente la misma historia y va más al grano. Considerando todo lo bueno, pero también lo eterna que se me hizo por momentos: 2,5 de 5. ★★⯨☆☆