domingo, 4 de enero de 2026

Reseña del libro Gente Normal de Sally Rooney

 Llegué a este libro porque un amigo me mandó una publicación sobre el horóscopo sobre que los libras deberíamos leer este libro, y bueno, lo compré y lo leí, y la verdad, me desilusionó, así que no se si es porque no creo en los horóscopos o en verdad el libro no me gustó o simplemente no entiendo el mundo amoroso heterosexual toxico.

Gente normal es un libro que muchos aman (me percaté al leer y buscar reseñas una vez terminado) y otros tantos no terminan de entender (como mi caso), y creo que ahí está parte del problema. La novela se centra en la relación entre Marianne y Connell, dos personajes marcados por la inseguridad, la clase social, el silencio y una dificultad casi permanente para decir lo que sienten (que definitivamente es lo que más me CANSA). Más que una historia de amor es el retrato de dos personas que se encuentran y se pierden constantemente, sin lograr nunca coincidir del todo.



Uno de los puntos que más se destaca en las reseñas es su “realismo” emocional: las conversaciones incómodas, los malentendidos, la forma en que ambos se hieren sin querer (o queriendo un poco), pero ¿es tan real eso? Destaco eso sí que la autora, Sally Rooney escribe con una prosa limpia y fácil de leer, muy enfocada en lo que pasa por la cabeza de sus personajes. Eso puede sentirse íntimo y honesto para los personajes, pero también frío o inentendible si no logras conectar con ellos.



También puede cansar esa sensación de estancamiento: Marianne y Connell parecen avanzar, pero muchas veces vuelven al mismo punto, repitiendo dinámicas de inseguridad, malentendidos y dependencia emocional. Para algunos eso es realismo brutal; para otros, simple reiteración toxica sin comunicación efectiva. En lo personal, sentí que el libro se quedaba girando sobre lo mismo durante demasiado tiempo, como si la historia no se atreviera a empujar a los personajes un poco más allá.


El tema de la salud mental, especialmente la depresión y la autoestima, está muy presente y tratado con seriedad, pero nuevamente, si no hay un vínculo emocional previo con los personajes, todo eso puede sentirse distante. Entiendo por qué a muchos les llega profundo, pero a mí me costó involucrarme en verdad.


Y el final —tan abierto— puede sentirse más como un “ya, ¿y?” que como una conclusión con peso. No porque esté mal escrito, sino porque no propone nada nuevo: solo confirma que así son ellos. Si no conectaste emocionalmente antes, ese cierre no tiene cómo salvar la experiencia. Más que dejar pensando, a mí me dejó con una sensación de vacío poco estimulante.


Quizás parte de que este libro no me haya gustado también tiene que ver conmigo y con cómo entiendo hoy las relaciones. Hace varios años que solo tengo vínculos abiertos y poliamorosos, y el modelo de amor heterosexual que propone la novela simplemente no me hace sentido. Sobre todo cuando se da a entender que muchas de las dinámicas que viven Marianne y Connell son “normales”. ¿Es normal no comunicarse bien con la pareja? ¿Es normal callarse lo importante, asumir, depender emocionalmente del otro y repetir una y otra vez los mismos errores? En ningún momento sentí que hubiese espacio para la responsabilidad afectiva, la comunicación efectiva o el aprendizaje real de poner límites. Por lo mismo, tampoco termino de entender el título Gente normal: más que personas “normales”, lo que vi fueron dos personajes que necesitaban urgentemente dejar de depender de forma tóxica el uno del otro.


En resumen, Gente normal es un libro coherente con lo que quiere contar y fiel a su estilo, pero no necesariamente atrapante para todos. Puede ser una lectura potente si entras en su tono y en sus personajes; si no, se vuelve repetitiva, toxica y algo plana. En mi caso, no me convenció, aunque entiendo perfectamente por qué a otros sí (y sinceramente, mejor hacer una buena introspección gente, sobre todo si sienten que el libro es tan genial como salen en estas reseñas).

 Siempre he cargado con unos 10 kilos de más.

Hoy estar rozando los 96 kg me preocupa, no por estética vacía, sino por futuro.

Quiero llegar a los 40 con un cuerpo trabajado, fuerte, mamadísimo, y eso no se logra a medias.
Ejercicio hago hace años —literal más de 15—, pero esos 10 kilos nunca se van.

Así que ya no hay excusas: ahora sí o sí me pongo las pilas.
Retomo la dieta en serio, con constancia real.

Y si este año no veo cambios de verdad, voy a considerar otras opciones sin culpa.
Incluso médicas, si es necesario.

Ya basta de “hacer todo bien” y quedarme atrapado en el mismo cuerpo de siempre.
Esta vez no es por castigo, es por respeto propio.