Últimamente, cuando voy al sauna, hay algo que se repite: siento que nadie me pesca. Es una sensación difusa, pero se instala. No sé si es mi cuerpo, mi cara, mi mirada al resto, mi actitud, o quizás es algo más interno, un cuestionamiento de si todavía encajo en esos espacios. Me pregunto si tiene sentido seguir yendo, o si es hora de dejarlo o cambiar la actitud, o simplemente exigirme ser más ‘mamadísimo’ para encajar.
Ayer, justo, estaba en el sauna húmedo, y entraron dos chicos, claramente menores de 25 años, muy compinches, seguros de sí mismos. Uno estaba totalmente desnudo, el otro con su sabanilla, y los vi un rato, sin intención erótica, solo observando y también contemplando la belleza del cuerpo desnudo masculino. Después salieron y no los vi en harto rato. Me fui a otras instalaciones, y más tarde, fui a la piscina que tiene el sauna. Ahí me di cuenta de que no eran solo dos, eran tres cabros y bien guapos. Y a esta edad uno ya distingue al tiro quién es de tu rango etario y quién es más pendejy creo que ninguno pasaba los 22 años. Y me acerqué, con la idea de iniciar una charla, aunque fuera mínima, pero ellos estaban tan dentro de su mundo, tan clausurados entre ellos, que no hubo espacio. Conversaban, se tocaban, se besaban, se exploraban sus cuerpos y sus penes flácidos y también erectos... En verdad se veían tan libres, y eso me hizo sentir una mezcla de admiración y nostalgia. Me vi a mí a esa edad, preguntándome por qué no pude sentir esa libertad, esa seguridad de disfrutar el momento, sin temor a juzgamientos. Me dio una ternura fuerte, y una añoranza por haber tenido, no solo esa edad, sino también la plata, las ganas, y amigos que hubieran querido venir al sauna conmigo.
Al final, me fui a los otros lados del sauna. Quise volver después a la piscina, pero ya estaba cansado. Igual al pasar por la piscina, pegué una mirada y ahora vi que eran cuatro los cabros, todos de más o menos la misma edad, y fue un momento agridulce. Fue rico verlo, pero también me dejó con esa sensación de que, a veces, uno se queda mirando desde afuera, y se pregunta qué habría pasado si se hubiera atrevido a vivirlo antes.
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