Una vez un amigo me dijo que no le gustaba leer a Fuguet porque lo encontraba demasiado “Santiago” y demasiado ordinario, en el sentido de que usa muchas chuchadas y garabatos bien chilenos. Pero la verdad es que no siento que eso sea algo malo; al contrario, es simplemente una forma de mostrar nuestra ciudad y nuestra forma de hablar. Es como si nos quejáramos de Scott Fitzgerald por retratar los años 20 en Estados Unidos, o de Hemingway por describir la sociedad gringa del período de entreguerras. Cada autor escribe desde su lugar y su tiempo.
Siento que, desde hace un buen rato, los años 70 y 80 están muy de moda, y en ese sentido Alberto Fuguet no se queda atrás. Ciertos chicos también está ambientado en los 80, nuevamente en dictadura, y creo que eso tiene sentido: fue la realidad de muchas personas y de muchos artistas que hoy están escribiendo desde la memoria o la experiencia vivida.
Este libro se siente como una especie de oda a los 80. A lo largo de sus páginas aparecen referencias constantes a tiendas, comidas, lugares y situaciones que hoy ya no existen o se dan muy poco, lo que le da un tono bien nostálgico y generacional.
Por otro lado, sí me pasa que encuentro un poco repetitivo que esté tan de moda escribir libros sobre parejas gays adolescentes o veinteañeras. Supongo que Fuguet quiso explorar eso en esta novela, pero, en mi humilde opinión, no sé si le resultó del todo. Al final, sentí que no se alejaba tanto de la idea de otra historia de gays jóvenes para quienes todo se vive de forma intensa y “increíble”.
También percibí un dejo de clasismo que me hizo ruido. Se refuerza mucho el tema de que uno de los protagonistas queda en la Católica: la Católica por aquí, la Católica por allá, las redes, la agenda, el “hacerse notar”. Eso me recordó mucho a algo que a mí mismo me inculcaron desde chico —desde la familia y también desde el colegio—, esa idea absurda de que si ibas a la universidad solo existían dos opciones: la Chile o la Católica, y que si entrabas a la Católica eras “mejor”. Una estupidez enorme, pero muy instalada.
Algo que me llamó la atención es que, como en otros libros de Fuguet, vuelve a aparecer Matías Vicuña, que asumo es el protagonista de Mala onda (muchas veces leído como una especie de Guardián entre el centeno versión chilena). Acá aparece como compañero de curso de Tomás, uno de los protagonistas, y es el único a quien Tomás le confiesa que mantiene un amorío por correspondencia con un chico de Sevilla.
Con la dictadura de fondo, en 1986, los personajes se van uniendo a través de su amor compartido por la música new wave y “alternativa” (hoy simplemente diríamos pop), la Radio Eclipse, el fanzine Ropa Americana escrito por Clemente —donde Tomás sueña con escribir— y toda la movida underground santiaguina de la época. En ese sentido, el libro funciona bien como retrato cultural.
En el último cuarto de la novela aparece una entrevista a Clemente ya en los años 90, hablando sobre los 80. Es decir, hablando de la dictadura en democracia. La periodista es insistente, casi agresiva, y busca culparlo por no haber tenido una actitud más “heroica”, como si la época solo pudiera leerse sin matices. Ahí sentí muy bien lograda la tensión, y debo decir que la periodista me cayó pésimo, lo que creo que es completamente intencional.
El libro tiene además un narrador bien discursivo, que opina sobre gustos ajenos y emite juicios de valor. No sé si siempre es sátira, pero a ratos sentí que estaba de más, como en ciertas escenas donde se burla del feminismo actual, o de la idea que él tiene del feminismo, o cuando lanza comentarios medio de “vieja ql”, frente a cosas que hoy son bastante normales para mucha gente.
Algo que sí me llegó mucho fue cómo el libro muestra que alguien puede cagarte la vida —o al menos marcarte profundamente— solo porque le pusiste límites, aunque haya sido alguien importante para ti. Creo que casi todos hemos vivido algo así en algún momento, y tener eso claro sirve para no repetir patrones. El libro también me hizo pensar en cómo todos cargamos con alguien que pesa en nuestra historia personal. Yo tengo el mío. ¿Tú?
Si bien el libro no me atrapó al principio, la segunda parte me pareció mucho más interesante, sobre todo cuando se revela la situación actual de los personajes, ya bordeando los 55 años. Eso genera una sensación bien rara, entre extrañeza y amargura, especialmente en los últimos capítulos. No voy a contar qué pasa, pero por eso mismo siento que el libro termina bien, aunque también tiene bastante relleno.
Aun así, valoro mucho los libros que te generan sensaciones, y este lo hizo. No es mi libro favorito de Fuguet, pero sí está entre los principales. Lo recomiendo caleta. Lean, cabros.
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