martes, 3 de marzo de 2026

no se que hago a veces

No soy creyente ni le doy gracias a ningún dios. Pero aun así me resulta evidente que estamos jugando nuestra vida en un sistema que, claramente —y me incluyo—, no está hecho para todos. Vivimos en un planeta que nos ofrece agua, aire, alimento y múltiples recursos de manera gratuita, lo necesario para subsistir. Sin embargo, como humanidad —y especialmente desde las grandes potencias y élites— decidimos que la forma “correcta” de organizarnos sería otra: un modelo que nos exige pasar entre diez y veinte años estudiando para aspirar a un trabajo “más o menos digno”, de lunes a viernes, de ocho de la mañana a seis de la tarde.

Un trabajo que muchas veces no paga lo suficiente, que nos mantiene atrapados en reuniones eternas por Microsoft Teams que podrían resolverse con un simple correo, y cuyo gran premio es disponer de apenas dos semanas de descanso al año. Normalizamos esta estructura como si fuera la única posible, como si fuera lo mejor para nuestra sociedad y para nuestras vidas.

No sé en qué momento aceptamos que esta era la forma correcta de vivir. A veces siento que el sistema nos empuja a competir, a rendir y a sobrevivir más que a vivir realmente. Y en medio de todo eso, surge una pregunta incómoda: ¿de verdad esto es lo que queremos sostener como modelo de vida?

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