Al terminar febrero quedé con una sensación rara. No es solo que se acabe el verano. Es que fue un mes fuerte, pesado, y siento que todavía no lo termino de procesar.
En pleno verano tuve un problema de salud que me dejó marcado. Un día desperté viendo pésimo, todo borroso, distorsionado. Ir al médico y que te digan que existe la posibilidad de que te quedes ciego no es algo que uno escuche con tranquilidad. A mí no me hizo ninguna gracia. Me descolocó completo. Me asustó más de lo que quiero admitir.
Tuve que pedir licencia. Licencia la cual no me la van a pagar. Perdí casi un tercio de mi sueldo. Y aunque uno intenta hacerse el fuerte y decir “ya, filo, lo importante es la salud”, la realidad es que la plata importa. Y cuando no está, se siente. Se siente en la cabeza, en el ánimo, en la forma en que uno mira el futuro inmediato.
Hubo un momento en que me vi tan sobrepasado que terminé yendo al cementerio a encomendarme a mis abuelos. Necesitaba sentir que alguien me sostenía, aunque fuera simbólicamente. Necesitaba pedir ayuda. Y eso ya dice bastante de cómo estaba.
Entonces pasa el verano y, cuando miro hacia atrás, no veo descanso, no veo liviandad. Veo trabajo, enfermedad, preocupación. Y otra vez, a mis 36 años, siento que se fue otro verano sin hacer nada realmente significativo. Desde que salí de la U siempre me ha tocado trabajar en verano. Nunca esa semana típica en la playa en enero o febrero. Sí, me fui de vacaciones en noviembre, pero no es lo mismo. No es la misma sensación que estar en verano, mientras todo el mundo parece desconectado, y uno sigue en Santiago trabajando.
Y cuando no es trabajo, es incertidumbre económica. Si no hay pega estable, hay que salir a buscar terrenos para freelancear. Siempre resolviendo, siempre viendo cómo cuadrar el mes. Como que nunca es simplemente estar tranquilo.
Y encima, este fin de semana me dejaron plantado. Varias veces. Planes que no se concretan, gente que no responde. Y ahí aparece la pregunta incómoda: ¿soy yo el problema? ¿Qué está pasando que nada de lo que intento hacer resulta? Quiero juntarme con alguien, armar un plan simple, y no pasa. Me dejan esperando. Y eso suma, aunque parezca chico.
Todo eso junto me deja con una sensación de amargura difícil de explicar. Como si nada terminara de llenar. Como si estuviera funcionando en automático, pero sin entusiasmo real. Y no sé bien qué hacer con eso todavía. Solo sé que febrero terminó, que el verano se fue, y que me quedó esta mezcla de cansancio, frustración y algo que todavía no logro nombrar.
Tal vez escribirlo es el primer intento de empezar a entenderlo.
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