Este era uno de esos libros que tenía dando vueltas en la memoria desde el colegio. Recuerdo que me lo hicieron leer, pero no recordaba nada. Como últimamente he estado en la onda de volver a leer algunos libros que me hicieron leer en la media, decidí darle otra oportunidad y la verdad es que me gustó muchísimo. Quizás simplemente llegó en un momento distinto de mi vida, porque ahora sí me hizo mucho sentido todo lo que plantea sobre conocerse, aceptarse y encontrar el propio camino. La historia sigue a Siddhartha, un joven hijo de un brahmán que, pese a tener una importante formación espiritual, siente que las enseñanzas que ha recibido no son suficientes para encontrar la paz que busca. Junto a su mejor amigo Govinda abandona su hogar y se une a los samanas, unos ascetas que renuncian a los placeres y posesiones materiales mediante el ayuno, la meditación y distintas disciplinas para intentar desprenderse del yo.
Sin embargo, después de un tiempo Siddhartha vuelve a sentir que ese tampoco es su camino. Es entonces cuando ambos conocen a Gotama, el Buda, quien supuestamente ha alcanzado esa iluminación que Siddhartha lleva tanto tiempo buscando. Govinda queda maravillado y decide seguirlo, pero Siddhartha hace algo que me llamó mucho la atención: lo rechaza. No porque crea que Gotama esté equivocado, sino porque entiende que su sabiduría nació de su propia experiencia. Puede escuchar sus enseñanzas y aprender de ellas, pero no puede copiar su camino esperando llegar al mismo resultado. Ahí comprende por primera vez que tendrá que descubrir por sí mismo aquello que está buscando. Desde ese momento su vida cambia completamente y pasa de un extremo al otro.
Deja atrás la austeridad y conoce a Kamala, una cortesana que lo introduce al amor y los placeres. También comienza a trabajar con el comerciante Kamaswami, acumula riqueza, bebe, juega y termina completamente atrapado en el samsara: ese ciclo de deseos, placeres e insatisfacción donde conseguir aquello que queremos no necesariamente nos hace felices, sino que muchas veces simplemente genera un nuevo deseo. Hasta que, inevitablemente, Siddhartha vuelve a sentirse vacío y abandona todo. Abandona toda su vida de empresario luego de unos años y regresa al río, donde se reencuentra con Vasudeva, un barquero que conoció en su juventud, por lejos uno de mis personajes favoritos. A diferencia de sus otros maestros, él no intenta imponerle ninguna enseñanza: simplemente escucha y le enseña a Siddhartha a hacer lo mismo
Es ahí donde el río que cruzan diariamente, termina convirtiéndose en su verdadero maestro y aparece una de las ideas que más me quedó dando vueltas: todas las versiones de Siddhartha forman parte de la misma persona. Después de pasar gran parte de su vida intentando desprenderse de su yo, comprende que quizás nunca tuvo que destruirlo, sino aceptarlo junto con sus errores, deseos y experiencias. También me gustaron mucho Govinda y Vasudeva porque representan formas completamente distintas de buscar respuestas. Govinda pasa gran parte de su vida siguiendo las enseñanzas de Gotama, mientras Vasudeva nunca intenta imponerle nada a Siddhartha, sino que simplemente lo ayuda a encontrar sus propias respuestas.
Por eso me gustó tanto el último encuentro entre Govinda y Siddhartha, cuando finalmente reconoce en su amigo aquella misma paz que durante toda su vida había admirado en Gotama. Y
creo que ahí está la idea que mejor resume el libro para mí: el conocimiento puede transmitirse, pero la sabiduría no. Puedes tener maestros, leer, recibir consejos y aprender de otras personas, pero nadie puede decirte exactamente cómo encontrar tu propia “iluminación”. No tengo grandes cosas negativas que decir porque sinceramente me encantó y, semanas después de terminarlo, todavía hay ideas que me siguen dando vueltas. Es un libro corto y bastante fácil de leer para todo lo que termina dejando.
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