martes, 30 de diciembre de 2025

Salir del Closet

Will Talks to the Party


Esta fue una escena muy bonita y sensible, más allá de cualquier opinión personal sobre el actor (que es un s10n1sttt4 declarado). Lo que realmente llama la atención —y preocupa— es la cantidad de reacciones de “me divierte” que aparecen frente a un momento que, para muchas personas, representa algo profundamente significativo.
Salir del clóset no es una anécdota ni un chiste: es un proceso cargado de miedo, dudas, vulnerabilidad y, muchas veces, dolor. Quienes nunca han tenido que cuestionarse su lugar en el mundo por su orientación o identidad difícilmente logran dimensionar lo que implica exponerse así, incluso hoy. Por eso duele ver cómo se le baja el perfil o se trivializa algo que para otros marca un antes y un después en sus vidas.
Vivimos en una sociedad cada vez más individualista, donde reaccionar sin pensar parece más fácil que detenerse a comprender. Y sin embargo, lo que más necesitamos —a nivel cultural y humano— es empatía: la capacidad de ponernos en el lugar del otro, de entender que no todas las experiencias son iguales a las nuestras, y de acompañar en vez de ridiculizar.
Un poco más de sensibilidad no le hace daño a nadie. Al contrario, nos hace una sociedad más justa, más consciente y, sobre todo, más humana.

domingo, 21 de diciembre de 2025

Reseña Ciertos Chicos de Fuguet


Una vez un amigo me dijo que no le gustaba leer a Fuguet porque lo encontraba demasiado “Santiago” y demasiado ordinario, en el sentido de que usa muchas chuchadas y garabatos bien chilenos. Pero la verdad es que no siento que eso sea algo malo; al contrario, es simplemente una forma de mostrar nuestra ciudad y nuestra forma de hablar. Es como si nos quejáramos de Scott Fitzgerald por retratar los años 20 en Estados Unidos, o de Hemingway por describir la sociedad gringa del período de entreguerras. Cada autor escribe desde su lugar y su tiempo.

Siento que, desde hace un buen rato, los años 70 y 80 están muy de moda, y en ese sentido Alberto Fuguet no se queda atrás. Ciertos chicos también está ambientado en los 80, nuevamente en dictadura, y creo que eso tiene sentido: fue la realidad de muchas personas y de muchos artistas que hoy están escribiendo desde la memoria o la experiencia vivida.

Este libro se siente como una especie de oda a los 80. A lo largo de sus páginas aparecen referencias constantes a tiendas, comidas, lugares y situaciones que hoy ya no existen o se dan muy poco, lo que le da un tono bien nostálgico y generacional.

Por otro lado, sí me pasa que encuentro un poco repetitivo que esté tan de moda escribir libros sobre parejas gays adolescentes o veinteañeras. Supongo que Fuguet quiso explorar eso en esta novela, pero, en mi humilde opinión, no sé si le resultó del todo. Al final, sentí que no se alejaba tanto de la idea de otra historia de gays jóvenes para quienes todo se vive de forma intensa y “increíble”.

También percibí un dejo de clasismo que me hizo ruido. Se refuerza mucho el tema de que uno de los protagonistas queda en la Católica: la Católica por aquí, la Católica por allá, las redes, la agenda, el “hacerse notar”. Eso me recordó mucho a algo que a mí mismo me inculcaron desde chico —desde la familia y también desde el colegio—, esa idea absurda de que si ibas a la universidad solo existían dos opciones: la Chile o la Católica, y que si entrabas a la Católica eras “mejor”. Una estupidez enorme, pero muy instalada.

Algo que me llamó la atención es que, como en otros libros de Fuguet, vuelve a aparecer Matías Vicuña, que asumo es el protagonista de Mala onda (muchas veces leído como una especie de Guardián entre el centeno versión chilena). Acá aparece como compañero de curso de Tomás, uno de los protagonistas, y es el único a quien Tomás le confiesa que mantiene un amorío por correspondencia con un chico de Sevilla.

Con la dictadura de fondo, en 1986, los personajes se van uniendo a través de su amor compartido por la música new wave y “alternativa” (hoy simplemente diríamos pop), la Radio Eclipse, el fanzine Ropa Americana escrito por Clemente —donde Tomás sueña con escribir— y toda la movida underground santiaguina de la época. En ese sentido, el libro funciona bien como retrato cultural.

En el último cuarto de la novela aparece una entrevista a Clemente ya en los años 90, hablando sobre los 80. Es decir, hablando de la dictadura en democracia. La periodista es insistente, casi agresiva, y busca culparlo por no haber tenido una actitud más “heroica”, como si la época solo pudiera leerse sin matices. Ahí sentí muy bien lograda la tensión, y debo decir que la periodista me cayó pésimo, lo que creo que es completamente intencional.

El libro tiene además un narrador bien discursivo, que opina sobre gustos ajenos y emite juicios de valor. No sé si siempre es sátira, pero a ratos sentí que estaba de más, como en ciertas escenas donde se burla del feminismo actual, o de la idea que él tiene del feminismo, o cuando lanza comentarios medio de “vieja ql”, frente a cosas que hoy son bastante normales para mucha gente.

Algo que sí me llegó mucho fue cómo el libro muestra que alguien puede cagarte la vida —o al menos marcarte profundamente— solo porque le pusiste límites, aunque haya sido alguien importante para ti. Creo que casi todos hemos vivido algo así en algún momento, y tener eso claro sirve para no repetir patrones. El libro también me hizo pensar en cómo todos cargamos con alguien que pesa en nuestra historia personal. Yo tengo el mío. ¿Tú?

Si bien el libro no me atrapó al principio, la segunda parte me pareció mucho más interesante, sobre todo cuando se revela la situación actual de los personajes, ya bordeando los 55 años. Eso genera una sensación bien rara, entre extrañeza y amargura, especialmente en los últimos capítulos. No voy a contar qué pasa, pero por eso mismo siento que el libro termina bien, aunque también tiene bastante relleno.

Aun así, valoro mucho los libros que te generan sensaciones, y este lo hizo. No es mi libro favorito de Fuguet, pero sí está entre los principales. Lo recomiendo caleta. Lean, cabros.

jueves, 18 de diciembre de 2025

KKAST

En Chile, la ausencia de una línea editorial verdaderamente neutra en los principales medios de comunicación —radio, televisión y prensa escrita— ha derivado en un ecosistema informativo ampliamente sesgado hacia la derecha. Durante cuatro años se construyó de manera sistemática un relato de crisis permanente, centrado en el supuesto colapso económico y el descontrol de la seguridad pública, pese a que los indicadores macroeconómicos y sociales mostraban una realidad distinta. Este contraste entre datos objetivos y discurso mediático no fue un error, sino una estrategia sostenida de instalación de miedo como herramienta política. esulta especialmente grave que, mientras este gobierno impulsaba las mayores mejoras en beneficios sociales y un aumento significativo del gasto en seguridad, dichos proyectos fueran rechazados reiteradamente por la derecha y el Partido Republicano. Sin embargo, ese antecedente fue omitido o deliberadamente invisibilizado por los medios. Ningún conductor, periodista o editorial asumió la responsabilidad de contrastar afirmaciones falsas emitidas por candidatos republicanos, normalizando la desinformación y renunciando al rol básico del periodismo: verificar, contextualizar y corregir. De este modo, no se disputó el poder en el terreno de las ideas ni de las propuestas, sino en la fabricación de una realidad paralela. A través de campañas digitales, publicidad pagada y mensajes simplificados —especialmente dirigidos a personas mayores— se consolidó un clima de temor que sustituyó el debate racional por la reacción emocional. Así, las elecciones no se ganaron por mérito programático ni liderazgo político, sino mediante la eficacia de una narrativa basada en la repetición de falsedades: “miente, miente, que algo queda”.

Elecciones 2025

Siempre me ha llamado la atención el patronazgo que tenemos profundamente interiorizado, y creo que está directamente vinculado a un colonialismo que sigue vigente en nuestro país, pese a que durante mucho tiempo creímos que ya estaba superado. Después del estallido social, cuando parecía que las luchas sociales por fin habían encontrado un espacio legítimo en la sociedad y que el pueblo mapuche comenzaba a ser escuchado, quedó en evidencia que ese cambio era más aparente que real. Hasta hoy persiste la idea de que una persona es “mejor” o más confiable por ser blanca, rubia, de ojos claros y vestir bien, traje y corbata incluidos, sobre todo si tiene plata. Ese prejuicio se refuerza especialmente en el contexto migratorio, donde todavía se escuchan expresiones disfrazadas de cumplido como “qué blanquito eres”, frases que yo asociaba a los años 90 y a generaciones mayores, pero que siguen plenamente vigentes. Esto demuestra que no se trata de algo anecdótico, sino de una matriz cultural profundamente arraigada en el ADN social chileno, y que incluso se reproduce con más fuerza en ciertos sectores de la población extranjera. El problema no es solo mediático o político, es estructural y cultural: una sociedad que sigue comprando el relato de la televisión, que normaliza el clasismo y el racismo, y que aún no ha hecho un cuestionamiento real de las jerarquías heredadas del colonialismo, que miran en menos al moreno, al indígena y más aún al extranjero (y ellos aun no captan que los más conservadores no están ni ahí con ellos). Todo esto también es fruto del gran abandono de la educación pública de parte del estado que no ha sabido cambiar el sistema para el mejoramiento cognitivo de los niños, el pensamiento crítico dejo de existir al parecer en los cabros más jóvenes, y eso quedo en evidencia en la última elección.

martes, 9 de diciembre de 2025

 Porque el que habla no escucha y el que no escucha no aprende, cuando uno está empezando a aprender, calla y mientras más calla, más escucha y mientras más escucha, más se aprende" -Niurka

martes, 2 de diciembre de 2025

Un año de movimientos internos

Se esta terminando el año, llega diciembre y empiezan los balances, los tediosos balances de fin de año y la verdad es que obvio que tengo uno. Si tuviera que describir este año en pocas palabras, diría que fue un año de movimiento. No solo por los viajes, los cambios de rutina o las nuevas experiencias, sino porque algo dentro de mí estuvo reacomodándose constantemente. Fue ese tipo de movimiento que uno no siempre nota, pero que cuando mira hacia atrás se da cuenta de que ya no está en el mismo lugar donde empezó.

En el camino tuve que cerrar capítulos que venían acompañándome hace tiempo. Uno de ellos fue mi participación en un grupo de nudismo masculino. Fue una etapa que me aportó, que me enseñó cosas sobre libertad, cuerpo, confianza… pero que también sentí que debía dejar ir. A veces uno sabe, sin tanto ruido, que ya cumplió su ciclo. Y seguir adelante también es un acto de cariño propio.

Este año también me reencontré con mis propias disciplinas: ordené mi alimentación, ajusté horarios, cambié hábitos que no me aportaban. Fue un proceso medio rígido a ratos, pero me ayudó a recuperar control. Y al mismo tiempo, mientras mi rutina se ordenaba, mi curiosidad seguía siendo un pequeño caos hermoso: aprendí sobre fotografía, pregunté desde lo más simple hasta lo más técnico, practiqué italiano, revisé mapas, planifiqué viajes, me di el espacio de tocar temas que antes ni consideraba. Y eso me mantuvo despierto, atento, presente.

Los viajes, especialmente el de Cancún, abrieron otro tipo de mirada. Estar frente a lugares tan distintos a lo cotidiano —ruinas antiguas, agua turquesa, cielos inmensos— me bajó una mezcla de humildad y agradecimiento. A ratos me sentía turista, a ratos me sentía un niño, y en otros momentos simplemente alguien que necesitaba respirar lejos de casa. Ese descanso mental me hizo bien.

En paralelo, los libros volvieron a tener un lugar especial. Entre ellos, uno que me sorprendió fue Hombres que llegan a un pueblo. Me atrapó por lo rápido que se lee, por su humor, por la pampa salitrera y por esa sensación de que uno puede encontrar belleza incluso en lugares ásperos. De alguna forma, lo sentí dialogar con mis propios paisajes internos.

Y por supuesto, no faltaron esos momentos más cotidianos: escribir correos importantes, tratar de entender números que no cuadran, buscar explicaciones simples para cosas que parecían enredadas. Son esas pequeñas batallas diarias que, aunque uno no lo note, también lo van moldeando.

Si miro todo junto, diría que este fue un año donde me moví harto, pero hacia dentro. Me cuestioné, me ordené, me solté, viajé, aprendí, dejé ir, tomé aire, me acerqué más a lo que soy y a lo que quiero. No fue perfecto, no fue lineal, pero fue honesto. Y creo que esa es la parte que más valoro.

Porque al final, entre preguntas random, decisiones importantes, fotos desenfocadas y reflexiones profundas, siento que este año fui algo que necesitaba ser: un poco más yo.