Probablemente muchos de ustedes leyeron este libro en el colegio/liceo; yo no. No estaba en la lista de lecturas durante la media en los años 2000 en mi liceo (creo), así que estuve siempre bien distante de lo que era Kafka y su obra, su vida y su pensamiento crítico. En parte, llegué a este libro precisamente para entender el meme que todos suben y que yo no entendía hasta ahora.
Partimos por el cuento de “La metamorfosis” (Die Verwandlung), publicado en 1915, donde conocemos a Gregorio Samsa, un trabajador que vive con sus padres y su hermana. Tenía una vida normal para un joven asalariado a principios del siglo XX, pero algo pasa, algo que no se explica: despierta convertido en un gran insecto (nunca se dice que es una cucaracha, pero al parecer, colectivamente se dejo que era ese insecto).
Lo primero que nos llama la atención es que, a pesar de tan increíble transformación, lo que más le preocupa a Gregorio es cómo va a hacer para no faltar al trabajo. ¿Increíblemente triste no? ¿Cómo va a ser esa su única preocupación? Pues a mí sí me llamó la atención , sobre todo porque, a pesar de que tiene un pequeño retraso, hasta su jefe va a buscarlo a su casa para preguntarle por qué no tomó el tren de siempre para ir al trabajo. Luego de eso, nos enfrentamos a otra transformación de su entorno, que ya no es corporal sino social, ya que al ser el sustento económico de su familia él es querido y respetado; pero cuando se vuelve un insecto deja de ser útil y se transforma en una carga, exponiéndonos una brutal revelación sobre la fragilidad de los vínculos cuando están sostenidos por la utilidad más que por el amor.
Gregorio pierde la capacidad de hablar, deja de comunicarse, de moverse, y mientras su familia lo mantiene aislado en su cuarto y lo priva de sus cosas, él cada vez se va diciendo a sí mismo y se convence de que está mejor muerto que vivo. Y aunque su familia lo cuida en un principio, al terminar la historia están más que tranquilos al no seguir con el peso de cuidar y esconder a Gregorio.
Otro relato que me gustó se llama “El artista del hambre”: un hombre que practica el ayuno en un show de variedades itinerante, no solo como un número artístico y novedoso, sino también como una filosofía de vida, que es lo que más lo mueve. Pero la sociedad quiere espectáculo, no radicalidad filosófica. Él quiere ser querido y respetado, pero solo encuentra indiferencia. Al final, en su último suspiro, no muere por falta de nutrición, sino por la desconexión entre él y su entorno, y por la indiferencia no solo de la sociedad, sino también de sus patrones, quienes reemplazan su jaula rápidamente con otro espectáculo, al momento de encontrarlo muerto.
Luego tenemos el relato “El primer dolor”, donde conocemos a un trapecista que decide vivir en las alturas porque busca perfeccionar su arte a toda costa. Se da cuenta de que necesita un segundo trapecio, lo que le genera angustia y ansiedad, lo que al menos yo interpreté como que, al fin y al cabo, la autoexigencia jamás se satisface. Esto provoca que el personaje también se aísle totalmente de su entorno, tanto social como de su propia vida personal.
En “La condena”, otro relato brutal, el conflicto es principalmente familiar y simbólico, y suele leerse como un reflejo de la relación del propio Kafka con su padre. En la historia, la figura paterna dicta una sentencia definitiva sobre el hijo luego de una discusión, un acto que puede entenderse como el corte del cordón umbilical, la separación absoluta de la autoridad del padre. El salto del protagonista al río puede interpretarse tanto como una muerte física como una forma de liberación, el fin de una vida marcada por los reproches constantes y por la sensación de no haber logrado nunca estar a la altura de las expectativas paternas.
Pero no todo en este libro es existencialismo y penurias. Podemos leer otro cuento que se llama “Contemplación”, donde el tono es distinto, más melancólico. Conocemos a un niño que observa el mundo desde el jardín de su casa: obreros, autos, el cielo cambiante. Posteriormente corre con otros niños entre riachuelos y caminos; es, más que nada, infancia en su estado puro. Pero queda claro que esa plenitud de la infancia es fugaz: el grupo de niños se dispersa, el tiempo se cierra. La experiencia total dura un instante. ¿Qué recuerdas de tu propia infancia?
Finalmente, dentro de todos los cuentos, podemos hablar de “Josefina la cantante o el pueblo de los ratones”. Kafka vuelve a reflejar la sociedad y las autopercepciones. Josefina, una ratona que vive en una colonia de roedores, cree que su canto salva al pueblo, pero su arte no es objetivamente distinto del chillido común de un ratón. El pueblo la escucha, la cuida; ella busca reconocimiento y un trato especial, pero no le conceden excepcionalidad. Cuando desaparece, la comunidad continúa. La figura del artista se revela pasajera; lo permanente es la colectividad. Entonces, ¿el arte nos salva o solo nos ofrece una pausa?
Kafka al final me resultó un autor bien sumergido en el existencialismo —y no sé por qué siempre termino leyendo cosas de esta temática—, reflejando al ser humano en un sistema que lo carcome constantemente como persona, donde el individuo (nosotros) ha quedado al margen de un sistema mecánico, autónomo, sin posibilidad real de influir en él. Por ende, solo puede observar cómo el sistema avanza mientras se siente sobrante y preguntándose a qué viene uno al mundo.
Los personajes se enfrentan a fantasmas del pasado, a las costumbres sociales, a la melancolía, al día a día, al yugo de las relaciones sociales y, finalmente, al “sistema”, siempre con un dejo de no entender cuál es el motivo de por qué estamos aquí (al menos yo lo entendí así).
⭐ ⭐ ⭐ ☆ ☆
No hay comentarios:
Publicar un comentario