viernes, 13 de febrero de 2026

Querido Diario


No me da vergüenza mostrar mi cuerpo. No tengo por qué tenerla. Lo poco que he construido me ha costado muchísimo, y cada marca, cada cambio, cada avance es parte de esa historia. Mostrarme casi desnudo no es provocación ni descuido: es una forma de decir que no me escondo.

La vida, eso sí, me tiene agotado. La operación parece estar remitiendo, pero todavía no logro entender del todo qué pasó ni por qué. Y mientras intento recuperar equilibrio, me veo atrapado entre la necesidad de trabajar —porque el sistema no espera— y la necesidad de cuidar mi propia salud para no seguir perdiendo días ni estabilidad. Esa tensión me descoloca profundamente. Es absurdo que uno tenga que elegir entre el bienestar y el sustento.

A veces me pregunto en qué tipo de sociedad vivimos, donde el cuerpo solo importa cuando produce, pero cuando duele o necesita pausa se convierte en un problema. Esa contradicción cansa.

¿Y qué tiene que ver todo esto con mostrarme casi desnudo? Mucho. Porque desnudarse también es reconocer la vulnerabilidad. Podemos ser hombres firmes, con valores claros, con carácter fuerte, y aun así ser frágiles. Somos, al final, un entramado sensible de nervios y emociones dentro de una carcasa de carne. Así nacimos y así vamos a morir.

Mostrarse sin armadura no es debilidad. Es honestidad.




 

No hay comentarios:

Publicar un comentario