martes, 30 de diciembre de 2025

Salir del Closet

Will Talks to the Party


Esta fue una escena muy bonita y sensible, más allá de cualquier opinión personal sobre el actor (que es un s10n1sttt4 declarado). Lo que realmente llama la atención —y preocupa— es la cantidad de reacciones de “me divierte” que aparecen frente a un momento que, para muchas personas, representa algo profundamente significativo.
Salir del clóset no es una anécdota ni un chiste: es un proceso cargado de miedo, dudas, vulnerabilidad y, muchas veces, dolor. Quienes nunca han tenido que cuestionarse su lugar en el mundo por su orientación o identidad difícilmente logran dimensionar lo que implica exponerse así, incluso hoy. Por eso duele ver cómo se le baja el perfil o se trivializa algo que para otros marca un antes y un después en sus vidas.
Vivimos en una sociedad cada vez más individualista, donde reaccionar sin pensar parece más fácil que detenerse a comprender. Y sin embargo, lo que más necesitamos —a nivel cultural y humano— es empatía: la capacidad de ponernos en el lugar del otro, de entender que no todas las experiencias son iguales a las nuestras, y de acompañar en vez de ridiculizar.
Un poco más de sensibilidad no le hace daño a nadie. Al contrario, nos hace una sociedad más justa, más consciente y, sobre todo, más humana.

domingo, 21 de diciembre de 2025

Reseña Ciertos Chicos de Fuguet


Una vez un amigo me dijo que no le gustaba leer a Fuguet porque lo encontraba demasiado “Santiago” y demasiado ordinario, en el sentido de que usa muchas chuchadas y garabatos bien chilenos. Pero la verdad es que no siento que eso sea algo malo; al contrario, es simplemente una forma de mostrar nuestra ciudad y nuestra forma de hablar. Es como si nos quejáramos de Scott Fitzgerald por retratar los años 20 en Estados Unidos, o de Hemingway por describir la sociedad gringa del período de entreguerras. Cada autor escribe desde su lugar y su tiempo.

Siento que, desde hace un buen rato, los años 70 y 80 están muy de moda, y en ese sentido Alberto Fuguet no se queda atrás. Ciertos chicos también está ambientado en los 80, nuevamente en dictadura, y creo que eso tiene sentido: fue la realidad de muchas personas y de muchos artistas que hoy están escribiendo desde la memoria o la experiencia vivida.

Este libro se siente como una especie de oda a los 80. A lo largo de sus páginas aparecen referencias constantes a tiendas, comidas, lugares y situaciones que hoy ya no existen o se dan muy poco, lo que le da un tono bien nostálgico y generacional.

Por otro lado, sí me pasa que encuentro un poco repetitivo que esté tan de moda escribir libros sobre parejas gays adolescentes o veinteañeras. Supongo que Fuguet quiso explorar eso en esta novela, pero, en mi humilde opinión, no sé si le resultó del todo. Al final, sentí que no se alejaba tanto de la idea de otra historia de gays jóvenes para quienes todo se vive de forma intensa y “increíble”.

También percibí un dejo de clasismo que me hizo ruido. Se refuerza mucho el tema de que uno de los protagonistas queda en la Católica: la Católica por aquí, la Católica por allá, las redes, la agenda, el “hacerse notar”. Eso me recordó mucho a algo que a mí mismo me inculcaron desde chico —desde la familia y también desde el colegio—, esa idea absurda de que si ibas a la universidad solo existían dos opciones: la Chile o la Católica, y que si entrabas a la Católica eras “mejor”. Una estupidez enorme, pero muy instalada.

Algo que me llamó la atención es que, como en otros libros de Fuguet, vuelve a aparecer Matías Vicuña, que asumo es el protagonista de Mala onda (muchas veces leído como una especie de Guardián entre el centeno versión chilena). Acá aparece como compañero de curso de Tomás, uno de los protagonistas, y es el único a quien Tomás le confiesa que mantiene un amorío por correspondencia con un chico de Sevilla.

Con la dictadura de fondo, en 1986, los personajes se van uniendo a través de su amor compartido por la música new wave y “alternativa” (hoy simplemente diríamos pop), la Radio Eclipse, el fanzine Ropa Americana escrito por Clemente —donde Tomás sueña con escribir— y toda la movida underground santiaguina de la época. En ese sentido, el libro funciona bien como retrato cultural.

En el último cuarto de la novela aparece una entrevista a Clemente ya en los años 90, hablando sobre los 80. Es decir, hablando de la dictadura en democracia. La periodista es insistente, casi agresiva, y busca culparlo por no haber tenido una actitud más “heroica”, como si la época solo pudiera leerse sin matices. Ahí sentí muy bien lograda la tensión, y debo decir que la periodista me cayó pésimo, lo que creo que es completamente intencional.

El libro tiene además un narrador bien discursivo, que opina sobre gustos ajenos y emite juicios de valor. No sé si siempre es sátira, pero a ratos sentí que estaba de más, como en ciertas escenas donde se burla del feminismo actual, o de la idea que él tiene del feminismo, o cuando lanza comentarios medio de “vieja ql”, frente a cosas que hoy son bastante normales para mucha gente.

Algo que sí me llegó mucho fue cómo el libro muestra que alguien puede cagarte la vida —o al menos marcarte profundamente— solo porque le pusiste límites, aunque haya sido alguien importante para ti. Creo que casi todos hemos vivido algo así en algún momento, y tener eso claro sirve para no repetir patrones. El libro también me hizo pensar en cómo todos cargamos con alguien que pesa en nuestra historia personal. Yo tengo el mío. ¿Tú?

Si bien el libro no me atrapó al principio, la segunda parte me pareció mucho más interesante, sobre todo cuando se revela la situación actual de los personajes, ya bordeando los 55 años. Eso genera una sensación bien rara, entre extrañeza y amargura, especialmente en los últimos capítulos. No voy a contar qué pasa, pero por eso mismo siento que el libro termina bien, aunque también tiene bastante relleno.

Aun así, valoro mucho los libros que te generan sensaciones, y este lo hizo. No es mi libro favorito de Fuguet, pero sí está entre los principales. Lo recomiendo caleta. Lean, cabros.

jueves, 18 de diciembre de 2025

KKAST

En Chile, la ausencia de una línea editorial verdaderamente neutra en los principales medios de comunicación —radio, televisión y prensa escrita— ha derivado en un ecosistema informativo ampliamente sesgado hacia la derecha. Durante cuatro años se construyó de manera sistemática un relato de crisis permanente, centrado en el supuesto colapso económico y el descontrol de la seguridad pública, pese a que los indicadores macroeconómicos y sociales mostraban una realidad distinta. Este contraste entre datos objetivos y discurso mediático no fue un error, sino una estrategia sostenida de instalación de miedo como herramienta política. esulta especialmente grave que, mientras este gobierno impulsaba las mayores mejoras en beneficios sociales y un aumento significativo del gasto en seguridad, dichos proyectos fueran rechazados reiteradamente por la derecha y el Partido Republicano. Sin embargo, ese antecedente fue omitido o deliberadamente invisibilizado por los medios. Ningún conductor, periodista o editorial asumió la responsabilidad de contrastar afirmaciones falsas emitidas por candidatos republicanos, normalizando la desinformación y renunciando al rol básico del periodismo: verificar, contextualizar y corregir. De este modo, no se disputó el poder en el terreno de las ideas ni de las propuestas, sino en la fabricación de una realidad paralela. A través de campañas digitales, publicidad pagada y mensajes simplificados —especialmente dirigidos a personas mayores— se consolidó un clima de temor que sustituyó el debate racional por la reacción emocional. Así, las elecciones no se ganaron por mérito programático ni liderazgo político, sino mediante la eficacia de una narrativa basada en la repetición de falsedades: “miente, miente, que algo queda”.

Elecciones 2025

Siempre me ha llamado la atención el patronazgo que tenemos profundamente interiorizado, y creo que está directamente vinculado a un colonialismo que sigue vigente en nuestro país, pese a que durante mucho tiempo creímos que ya estaba superado. Después del estallido social, cuando parecía que las luchas sociales por fin habían encontrado un espacio legítimo en la sociedad y que el pueblo mapuche comenzaba a ser escuchado, quedó en evidencia que ese cambio era más aparente que real. Hasta hoy persiste la idea de que una persona es “mejor” o más confiable por ser blanca, rubia, de ojos claros y vestir bien, traje y corbata incluidos, sobre todo si tiene plata. Ese prejuicio se refuerza especialmente en el contexto migratorio, donde todavía se escuchan expresiones disfrazadas de cumplido como “qué blanquito eres”, frases que yo asociaba a los años 90 y a generaciones mayores, pero que siguen plenamente vigentes. Esto demuestra que no se trata de algo anecdótico, sino de una matriz cultural profundamente arraigada en el ADN social chileno, y que incluso se reproduce con más fuerza en ciertos sectores de la población extranjera. El problema no es solo mediático o político, es estructural y cultural: una sociedad que sigue comprando el relato de la televisión, que normaliza el clasismo y el racismo, y que aún no ha hecho un cuestionamiento real de las jerarquías heredadas del colonialismo, que miran en menos al moreno, al indígena y más aún al extranjero (y ellos aun no captan que los más conservadores no están ni ahí con ellos). Todo esto también es fruto del gran abandono de la educación pública de parte del estado que no ha sabido cambiar el sistema para el mejoramiento cognitivo de los niños, el pensamiento crítico dejo de existir al parecer en los cabros más jóvenes, y eso quedo en evidencia en la última elección.

martes, 9 de diciembre de 2025

 Porque el que habla no escucha y el que no escucha no aprende, cuando uno está empezando a aprender, calla y mientras más calla, más escucha y mientras más escucha, más se aprende" -Niurka

martes, 2 de diciembre de 2025

Un año de movimientos internos

Se esta terminando el año, llega diciembre y empiezan los balances, los tediosos balances de fin de año y la verdad es que obvio que tengo uno. Si tuviera que describir este año en pocas palabras, diría que fue un año de movimiento. No solo por los viajes, los cambios de rutina o las nuevas experiencias, sino porque algo dentro de mí estuvo reacomodándose constantemente. Fue ese tipo de movimiento que uno no siempre nota, pero que cuando mira hacia atrás se da cuenta de que ya no está en el mismo lugar donde empezó.

En el camino tuve que cerrar capítulos que venían acompañándome hace tiempo. Uno de ellos fue mi participación en un grupo de nudismo masculino. Fue una etapa que me aportó, que me enseñó cosas sobre libertad, cuerpo, confianza… pero que también sentí que debía dejar ir. A veces uno sabe, sin tanto ruido, que ya cumplió su ciclo. Y seguir adelante también es un acto de cariño propio.

Este año también me reencontré con mis propias disciplinas: ordené mi alimentación, ajusté horarios, cambié hábitos que no me aportaban. Fue un proceso medio rígido a ratos, pero me ayudó a recuperar control. Y al mismo tiempo, mientras mi rutina se ordenaba, mi curiosidad seguía siendo un pequeño caos hermoso: aprendí sobre fotografía, pregunté desde lo más simple hasta lo más técnico, practiqué italiano, revisé mapas, planifiqué viajes, me di el espacio de tocar temas que antes ni consideraba. Y eso me mantuvo despierto, atento, presente.

Los viajes, especialmente el de Cancún, abrieron otro tipo de mirada. Estar frente a lugares tan distintos a lo cotidiano —ruinas antiguas, agua turquesa, cielos inmensos— me bajó una mezcla de humildad y agradecimiento. A ratos me sentía turista, a ratos me sentía un niño, y en otros momentos simplemente alguien que necesitaba respirar lejos de casa. Ese descanso mental me hizo bien.

En paralelo, los libros volvieron a tener un lugar especial. Entre ellos, uno que me sorprendió fue Hombres que llegan a un pueblo. Me atrapó por lo rápido que se lee, por su humor, por la pampa salitrera y por esa sensación de que uno puede encontrar belleza incluso en lugares ásperos. De alguna forma, lo sentí dialogar con mis propios paisajes internos.

Y por supuesto, no faltaron esos momentos más cotidianos: escribir correos importantes, tratar de entender números que no cuadran, buscar explicaciones simples para cosas que parecían enredadas. Son esas pequeñas batallas diarias que, aunque uno no lo note, también lo van moldeando.

Si miro todo junto, diría que este fue un año donde me moví harto, pero hacia dentro. Me cuestioné, me ordené, me solté, viajé, aprendí, dejé ir, tomé aire, me acerqué más a lo que soy y a lo que quiero. No fue perfecto, no fue lineal, pero fue honesto. Y creo que esa es la parte que más valoro.

Porque al final, entre preguntas random, decisiones importantes, fotos desenfocadas y reflexiones profundas, siento que este año fui algo que necesitaba ser: un poco más yo.












sábado, 9 de agosto de 2025

No repare en gastos

Me di cuenta de que estoy totalmente sin plata otra vez, y no entiendo cómo pasó. Sí, he tenido varios gastos pequeños muy tontos, pero definitivamente eso tiene que parar, porque de verdad no tengo más dinero para seguir gastando, especialmente si quiero cumplir con los planes que tengo para este año y el próximo. 


Tampoco sé si quiero buscar trabajo freelance o uno fijo. El freelance siempre me conviene, pero estar todo el tiempo buscando dónde trabajar es agotador.

 La verdad, a veces ni siquiera quiero trabajar jajaja... 

Qué horror, la vida adulta culiá

viernes, 18 de julio de 2025

de hospitales y muerte

Hoy fui a ver a un chico con el que he salido algunas veces. Los besos y el sexo son muy buenos con él, pero, lamentablemente, está hospitalizado: le dio una neumonía por un hongo y, la verdad, está bastante delicado.

Me comentó que sintió que se moría dos veces, que vio el túnel y todas esas cosas... y quedé pasmado. La verdad es que estuve todo el rato queriéndole dar un beso y un abrazo fuerte, pero no se podía, así que me aguanté las ganas.

En situaciones así, es inevitable pensar en qué he hecho con mi vida, y la verdad es que tendré muchas cosas que pensar estos días de julio.

¡Recupérate, porfa!

sábado, 19 de abril de 2025

Bitácora de Viaje: Siete Horas en el Paraíso Jurásico (y algo más) Nueva York día 2

 


Para ser honesto, no tenía nada planeado para esta entrada, pero al revisar bien las fotos de esos días, me pude hacer una idea de lo que quería escribir. Al día siguiente de la entrada anterior, decidí que quería desayunar algo rico. Justo cerca del lugar donde me estaba quedando, unas cuadras antes del metro, había un pequeño almacén donde solía comprar mi desayuno todos los días. Ahí descubrí que vendían una fruta que había querido probar desde hace mucho tiempo: la fruta del dragón o pitaya. Es de una especie de cactus y, la verdad, tenía un sabor muy rico. Como llevaba tiempo queriendo probarla, la compré de inmediato en cuanto la vi.



Ese día decidí dedicarlo a visitar museos, y en particular fui a uno de los más importantes del mundo: el American Museum of Natural History. Es muy famoso, entre otras cosas, porque ha aparecido en varias películas. Siempre quise ir desde pequeño. No recuerdo cuánto costó la entrada, pero la verdad es que no me importó, porque no era tan caro. Tomé el metro temprano, me compré algo para comer y fui desayunando en el camino. Llegué a una estación que conecta directamente con la entrada del museo. Es casi como entrar a un aeropuerto: te revisan completo y pasas por un escáner de metales. Recuerdo que fui inmediatamente a un show inmersivo del espacio, dentro de un planetario, en donde te mostraban un video increíble narrado por Morgan Freeman, lamentablemente no pude grabar nada adentro, pero alcance a sacarme un par de fotos de como era el lugar.

 

Cabe destacar que había comprado el New York Pass, un pase que permite entrar a cinco lugares incluidos en el paquete, lo cual resulta mucho más barato que pagar las entradas por separado.

El museo es enorme. Me demoré unas tres horas solo en recorrer el primer piso. Me dije: "probablemente nunca más vuelva acá", así que quise aprovechar al máximo, aprender todo lo posible y ver cada rincón. La parte que más me emocionó fue, sin duda, la de los fósiles de dinosaurios. Son enormes y era la primera vez que veía fósiles de ese tamaño. Incluso hay zonas donde puedes tocarlos. A pesar de que va mucha gente, el espacio es tan amplio que no te sientes apretado ni andas chocando con otros. Estuve ahí casi siete horas (si no más) y lo disfruté a concho.

 

 

El museo está dividido por continentes, y en el centro hay una sección con animales embalsamados, todos parte de la colección del Instituto Smithsoniano. Vi muchísimas cosas que nunca pensé que iba a ver. El sector de Japón y Asia en general es muy bonito, con mucha información sobre su historia antigua. También hay una sección sobre Chile y Perú (más enfocada en Perú, eso sí). Se aprende muchísimo.

   

Como estuve tanto rato ahí, almorcé en la cafetería del museo. La comida era mala y escasa, pero estaba tan alucinado con todo que me dio lo mismo y comí no más.

Después de mi maratón en el museo, me fui a recorrer un poco Central Park. Solo para que se hagan una idea de lo grande que es: me demoré tres días en recorrerlo completo. Ese día, después de siete horas en el museo, no tenía ni el tiempo ni la energía para explorarlo entero, pero igual fue súper satisfactorio pasear un rato y visitar algunas de las obras de arte que hay en el parque. Como era abril, muchos cerezos estaban en flor, así que fue una parada obligatoria para sacarse fotos.

También pasé por un lugar con estatuas de Alicia en el país de las maravillas. Luego salí del parque y me encontré cerca de una de esas locaciones icónicas: la fachada de la casa de la serie La Niñera, de los 90. Para mí fue parada obligada, así que me saqué una foto ahí. Más tarde, volví a la parte sur del parque y llegué a unos grandes afloramientos de roca cerca de una pista de patinaje, al lado del zoológico. Ese lugar también es imperdible porque desde ahí hay una vista preciosa del skyline de Nueva York, con edificios bien llamativos.

  

Seguí caminando hacia el sector sur y, sin buscarlo, me topé con el famoso Hotel Plaza, el mismo de Mi pobre angelito. Subí una historia a Instagram con la fachada del edificio y la música de la película de fondo, preguntando si ahí estaba Kevin McCallister.

Ya de noche, recorrí un poco más la ciudad. Llegué al Radio City Music Hall, que se ve hermoso iluminado. Esa avenida tiene una onda muy especial. Recuerdo que grabé un video, a ver si lo subo por aquí. Ya eran casi las 11 de la noche, así que me devolví al lugar donde me estaba quedando, muerto de sueño y cansancio.


 


miércoles, 16 de abril de 2025

The Blaze - Virile

No importa cuanto tiempo pase, esta canción siempre me va a recordar a ti, porque literal, así eran nuestras juntas


lunes, 7 de abril de 2025

Bitácora de viaje: Nueva York parte 1

 En 2023, un amigo y yo habíamos hablado sobre la idea de conocer Nueva York. Al principio, debo admitir que no tenía muchas ganas de ir, principalmente porque el viaje era bastante caro y en ese momento no tenía un trabajo que me permitiera cubrir ese tipo de gastos. Sin embargo, con el tiempo, comencé a motivarme, especialmente porque sería el destino más lejano al que había ido hasta ese momento.

Por cosas de la vida, mi amigo tuvo que cancelar el viaje a último momento, apenas un par de meses antes de la fecha de partida. Esto me motivó aún más a ir solo. Aunque me preocupaba la barrera idiomática, sentía que podía comunicarme de alguna forma si surgían problemas con el idioma al llegar a Estados Unidos. Al final, me di cuenta de que mi nivel de inglés no estaba tan mal y pude interactuar con mucha gente sin mayores inconvenientes. Además, una de las cosas que más me sorprendió fue que, en Nueva York, la mayoría de las personas son latinas, por lo que me pasaba mucho que al entrar a cualquier negocio, solo con mirarme, me hablaban en español. Si tu idea es aprender inglés, quizás Nueva York no sea el destino más ideal para eso.

El gran día finalmente llegó, y recuerdo que tuve que salir muy temprano de casa para ir a casa de mis padres, quienes amablemente se ofrecieron para llevarme al aeropuerto. El vuelo no fue especialmente cómodo, fue largo y, al llegar a Colombia, tuve que hacer una escala de unas 3 o 4 horas. Este tiempo me permitió comer algo antes de tomar el siguiente vuelo hacia Estados Unidos. Al llegar al aeropuerto, la salida era un pequeño edificio con solo una puerta que daba a la calle, y otra entrada muy poco visible que conducía a una estación de metro dentro del mismo aeropuerto. Desde ahí, tomé la línea de metro que me llevaría directamente a Manhattan.

Tuve mi primer percance al llegar, porque un amigo me había dicho que debía comprar una tarjeta de metro que valía unos 30 USD, la cual me permitía tomar el metro tantas veces como quisiera durante 7 días. El problema fue que en ningún momento, o al menos no lo entendí correctamente, me explicaron que ese pase de 7 días también aplicaba para la línea de metro que rodea el aeropuerto JFK. Así que, cuando me tocó hacer el transbordo, compré la tarjeta para el metro del aeropuerto en lugar de la que correspondía al metro de Manhattan. Al llegar al torniquete, no me dejaba pasar, y no entendía por qué. Al preguntarle a un trabajador del metro, me dijo que había comprado la tarjeta equivocada. Entonces, tuve que comprar otra tarjeta, que también costaba 30 USD, y finalmente pude hacer la combinación correcta. Esto me molestó mucho, porque llevaba menos de media hora en el país y ya había gastado 60,000 pesos chilenos. Estaba bastante enojado por ese error.

Reconozco que esta situación me frustró bastante, y para colmo, no pude conseguir un chip para tener internet en mi teléfono, lo que me obligó a comprar una bolsa bastante cara solo para usarla unos segundos y poder orientarme en el mapa hasta llegar a mi destino.

Al final, arrendé una habitación en un Airbnb en Brooklyn, cerca de la estación de metro Kosciusko Station, en el barrio de Bedford-Stuyvesant. Me quedé allí 9 noches y el costo fue de aproximadamente 560,000 pesos chilenos (este fue el precio en 2022, así que probablemente hoy esté más caro). Cuando llegué a Kosciusko Station, me bajé del metro y me encontré con el típico barrio periférico de Nueva York, con el metro elevado sobre la avenida. La avenida estaba bastante sucia, con mucha basura y personas en situación de calle. Era como esas escenas de las películas ochenteras que mostraban el Bronx, con zonas en mal estado y una gran pobreza. Esto me hizo sentir algo de miedo, porque no había investigado bien sobre la zona antes de llegar, y comencé a cuestionarme si realmente había hecho una buena elección al quedarme allí.

Sin embargo, cuando caminé un par de cuadras, todo cambió de manera abrupta. El barrio se veía mucho más bonito, con casas bien mantenidas. Era una zona mayoritariamente afroamericana, y me sorprendió lo bien cuidadas que estaban las viviendas. Cuando llegué al Airbnb, me sorprendió la tecnología del lugar: me dieron una clave digital para acceder, y al ingresar, recibí mi llave de un mueble al que accedí con esa clave. Subí a mi habitación, que estaba en el último piso, y me di cuenta de que el edificio era muy antiguo. Aunque las casas eran grandes y espaciosas, me costaba imaginar por qué una familia necesitaba tanto espacio. A pesar de ser casas antiguas, eran enormes por dentro. Además, debajo del pórtico había otra casa más, que parecía ser una especie de casa de servicio, en la que podrían vivir personas que trabajaran en el hogar, como quienes se encargaran de la limpieza o la cocina.

En fin, saliendo un poco de la tónica histórica de mis divagaciones al escribir, retomo el relato de este viaje. La cosa es que, cuando llegué a la pieza, empecé a analizar todo lo que había vivido en las últimas horas: el viaje, el tema del ticket, las lucas, el barrio, el metro, etc. Y ahí me empezó a dar una especie de ataque de pánico que me dejó un rato paralizado, sin saber qué hacer, cuestionándome qué estaba haciendo ahí, solo.

Después de un momento de reflexión, me dije a mí mismo:
“Ya, culiao, estuviste un año entero ahorrando para este viaje, estás a la mierda de tu casa, solo, y no te vas a amargar por un mal rato. ¡Sal y pásalo bien, CTM!”


Así que ordené bien mis cosas, me pegué una duchita rápida, y me fui a tomar nuevamente el metro rumbo a Manhattan. Pero antes pensé que era mejor partir conociendo el Brooklyn Bridge, así que me dirigí directamente hacia allá, decidido a cruzarlo caminando. Antes de eso, pasé por un sector llamado DUMBO (Down Under the Manhattan Bridge Overpass), y empecé a recorrer las calles aledañas. La verdad, está muy bonito y se nota que ha sido remodelado hace poco. Hay un cartel gigante con el nombre del barrio donde, obvio, puedes sacarte una selfie. Luego pase al Dumbo House, que es un edificio antiguo convertido en centro comercial, donde puedes ver vistas de la bahia y el puente de Manhattan, además de ir al Dumbo - Manhattan Bridge View a sacarme otra foto.



Después de un rato, decidí no quedarme pegado y seguir caminando, porque el tiempo apremia. El puente es precioso, se terminó de construir en 1883, es antiguo, enorme, imponente. Ahí empecé a entender que los gringos tienen esta obsesión con la magnificencia en la arquitectura: todo tiene que ser gigante. Eso fue una constante durante todo el viaje. En cada lugar al que llegaba, me daba cuenta del tamaño de todo. También entendí que están en el apogeo de su cultura, lo que explica por qué tienen tantos recursos, aunque eso no sea precisamente de mi agrado.

Al llegar al otro lado me encontré con el Civic Center, crucé el City Hall Park, y ahí vi por primera vez al animalito que siempre quise ver: una ardilla. Son muy lindas. Quería puro tocar una, pero no lo hice. Soy súper responsable con la fauna silvestre, aunque sea urbana. No tengo claro si son especies introducidas o nativas, pero me llamó la atención que en cualquier lugar con un poco de área verde, hay ardillas.



Sinceramente, después no recuerdo con claridad qué más hice ese primer día en Manhattan. Solo sé que caminé mucho. Lamentablemente no tengo ni historias de Instagram ni fotos que me ayuden a reconstruir el día. Solo recuerdo que almorcé en un carrito y luego busqué qué actividades podía hacer. Justo ese día había una exposición sobre el Titanic y pensé: “Ya estoy acá, tengo la plata, ¿por qué no ir?”

Así que fui. La muestra estaba en un centro llamado "Fever", ubicado en la Sexta Avenida con calle 14, justo en una esquina. El recorrido me gustó mucho. Era muy completo. Había artículos personales de los pasajeros, objetos rescatados del naufragio… Una de las cosas que más me impactó fue un panel con una gran muralla de hielo, donde te mostraban lo frío que estaba el iceberg, y también el agua. Aprendí que las personas que cayeron al mar murieron en menos de media hora por hipotermia. Fue fuerte, pero interesante.

También descubrí que los pasajeros de primera clase tenían todos los servicios que hoy vemos como básicos, pero que en ese tiempo no lo eran. En tercera clase compartían baños y duchas comunes, y sus habitaciones estaban llenas de ratones. Además, te ponían con gente que no conocías. Fue conmovedor ver todo eso. Había una joya que probablemente inspiró la de la película, y biografías de los músicos del barco.

Otra cosa que me llamó la atención fue que los pasajeros de tercera clase no eran pobres, al menos no todos. El pasaje era caro en todas las clases. Más bien, eran inmigrantes que viajaban con contrato de trabajo a Nueva York, con cierto estatus, aunque compartían piezas y les apagaban las luces a las 10 de la noche. La habitación más cara del Titanic, en plata de hoy, costaba alrededor de 80.000 USD.

Después de eso, ya estaba muerto. Decidí volver a Brooklyn a dormir. Entre el viaje y todo lo vivido el primer día, estaba realmente agotado. Creo que me acosté relativamente temprano, tipo 10 de la noche. A pesar de la crisis nerviosa de la mañana, lo pasé estupendo.

Con esto termino la primera entrada del relato de este viaje. Probablemente luego escriba dos o tres días por entrada… o quizás uno, no lo sé. Lo que sí sé es que tenía como proyecto contar esta aventura aquí.

Nos leemos en la próxima entrada.


martes, 11 de febrero de 2025

Se viene

 Había hecho una bitácora de viaje en algunos post, ahora teniendo un poco mas de tiempo, voy a hacer del que hice a EEUU el 2023.

Así que denme unos dias y empezaré a subir dichos post.

domingo, 2 de febrero de 2025

Amor en los tiempos del 2024

Según esto, no escribo desde el día siguiente de mi cumpleaños, y lo cierto es que han pasado muchas cosas desde entonces hasta ahora.

Los últimos tres meses del año fueron bastante normales dentro de todo, y la verdad es que no tengo mucho que contar, salvo que, finalmente, pude cerrar el ciclo con la persona con la que estuve posteando en este blog durante casi todo el 2024. La junta fue muy necesaria para mí, algo que de verdad sentía que debía hacer para cerrar bien la historia con R. Cuando él me propuso que nos viéramos, yo estaba demasiado nervioso, y ese estado no se me pasó hasta que llegué a su casa. Se había cambiado de departamento, aunque sigue viviendo relativamente cerca.

Ya en su casa, al principio hablamos de cosas bien genéricas, hasta que en un momento me dijo que necesitaba pedirme perdón. Que lo sentía mucho y que había actuado como un pendejo (así, textual). Y la verdad es que yo se lo hice notar; no me censuré en lo que sentía. Le conté todo lo que me pasó durante esos meses sin vernos, cómo me enamoré sin querer y lo triste que fue para mí, sobre todo por cómo me ghosteó. Él me dijo que también había sentido algo por mí, pero que no supo cómo manejarlo. Cuando ocurrió la situación X entre los dos, me confesó que no supo afrontarla, y por eso actuó como lo hizo.

Aun así, no voy a mentir: fue doloroso. Lo pasé como el hoyo, y se lo hice saber. Le dije que no tenía por qué haberme juzgado por la forma en que vivo mi vida, porque yo nunca lo hice con él. Ambos sabíamos lo que estábamos haciendo. Lamentablemente, yo involucré más sentimientos, y eso hizo que todo me doliera más.

De todas formas, a pesar de todo lo que se dijo, me fui bastante tranquilo. No me guardé nada, y eso fue un alivio enorme. No quedamos en retomar el contacto ni la relación, pero me sentí en paz con lo que dije y con lo que hice. Por fin, sentí que le puse un cierre a todo lo que había pasado con él. También le dije cuánto lo había extrañado en todos esos meses. Fue muy bonito poder volver a sentir su piel, sus abrazos e incluso sus besos. Sí, nos besamos, no lo voy a negar. Pero más allá de eso, no pasó nada. Tampoco quise que pasara.

Me fui de ese departamento con el corazón lleno y, dentro de todo, feliz. Le dije que había sido muy importante para mí, que sentí muchas cosas por él, y que en ese momento le tenía mucho cariño. Quizás, quién sabe, en algún momento volvamos a encontrarnos.

Hasta ahora no nos hemos vuelto a cruzar ni a hablar, y estoy en paz con eso.

Creo que la mayor decepción llegó casi al final del año. Lo pasé mal. Lloré, cosa que no me pasaba hace mucho tiempo. No lo conté acá antes, pero desde abril del año pasado estuve saliendo con un chico. Con el tiempo, la relación se fue apagando, y yo no entendía por qué él seguía alargándola. Por estar enamorado, tampoco quise mirar la situación con objetividad para entender lo que realmente estaba pasando.

Durante la relación, hubo señales que me hicieron ruido y que me afectaron al momento de tomar decisiones. En parte, siento que él se hizo la víctima, incluso hasta el final. En terapia me ayudaron a ver que, en el fondo, solo estaba esperando que yo lo terminara, para poder validarse ante los demás diciendo que fui yo quien lo dejó. Pero la verdad es que él había estado preparando el terreno para que todo explotara.

La gota que rebalsó el vaso fue un fin de semana. Para mí, los fines de semana parten el viernes. Ese viernes, no dio señales de vida. El sábado, hablamos un rato y le mandé un mensaje preguntando a qué hora venía, si es que pensaba venir. No me respondió. El domingo pasó entero sin hablarme. Ya el lunes, pasado el mediodía, con la cabeza hecha mierda, no me quedó otra que mandarlo a la chucha. No podía seguir aguantando su falta de compromiso.

Le dije que me había dado cuenta de muchas cosas. Él alguna vez mencionó que estaba enfrentando problemas personales, y aunque era cierto, también noté que nunca me permitió acompañarlo. Con el tiempo entendí que yo era el único remando en esa relación, mientras él se había bajado del bote hace rato.

Lo lamenté mucho. Aprendí a quererlo, incluso a amarlo. Pero cuando no te priorizan, no te responden y, peor aún, te ignoran, el dolor se convierte en autocuestionamiento. Me pregunté por qué no era suficiente para él, y ese pensamiento me torturó durante todo ese fin de semana. Hoy, con la terapia, entiendo muchas cosas. Y lo único que quiero es no repetir los mismos errores. Las red flags estuvieron siempre ahí, pero las ignoré. Aguanté todo.

Lo que más me dolió fue que, al terminar, no se defendió. Sentí que hablaba con una pared. Solo respondía con monosílabos. En un momento me dijo que quizá debió haberme dicho que no tenía energía para venir a Santiago. Pero luego, revisando sus redes sociales —sobre todo su cuenta porno de Twitter— me di cuenta de que energía sí tenía, solo que no quería gastarla en mí. Hace rato que no quería.

Se pueden imaginar cómo me sentí. Pasé días cuestionándolo todo. Esto ocurrió el 30 de diciembre. Yo tenía un evento el 31 y había planeado salir a carretear con un amigo, pero la pena fue más fuerte. Me acosté temprano. No tenía ánimo para nada, solo quería sanar.

Para colmo, por amigos en común supe que él la ha estado pasando increíble, mientras yo andaba en la pasta las primeras semanas de enero. Ahora, ya con algo de distancia, la verdad es que... ya fue la wea.

Espero que estés bien. No puedo decir que no te guardo rencor, porque sí, aunque sea leve. Perdón si suena feo, pero no tengo más que decir. Tú sabes perfectamente lo que hiciste, y la vida se encargará de demostrártelo. Ojalá tengas a alguien que te apoye, como yo estuve ahí en su momento. Y si no, ojalá te toque pasar la mierda solo, porque tal vez lo necesitás.

No es odio, pero como esto pasó hace poco, mi mente aún te recuerda. Y mi cabeza solo lanza pensamientos intrusivos. Por ahora, no puedo hacer mucho contra eso, tampoco quiero...

Por último, aunque vivo relaciones abiertas desde hace más de cuatro años, en 2024 también tuve otra relación paralela, que sigue hasta hoy. Ha sido un proceso de crecimiento interesante. Me ha tocado ser guía, una especie de mentor. Lo he acompañado, le he dado consejos, y he tratado de mostrarle una visión más amplia de cómo nos movemos en esta sociedad.

Siento que este chico no tuvo muchas herramientas en su formación para enfrentarse a ciertas situaciones sociales, pero aún así me siento cómodo. No hemos tenido grandes problemas. Sé que para él ha sido difícil entenderme y seguirme el ritmo, sobre todo con la forma en que vivo mis vínculos sexoafectivos, pero tengo fe en que sabrá hacerse cargo. Y si no, bueno… así es la vida.

Comencé el año en una piscina, con un poco de natación y un traguito con este chico. Lo pasamos bien. Prefiero quedarme con ese recuerdo de Año Nuevo.

Este 2025 quiero algo distinto. Ya no quiero ser un “guerrero” ni seguir hueviando con relaciones sin sentido. Quiero conocer nuevos amigos, crear vínculos nuevos y que este año sea bueno en lo económico, que es lo que más necesito ahora.

También quiero seguir escribiendo aquí. Mantener este blog, contar mis cosas y dedicarle más tiempo a esta plataforma. La tengo hace años, y dejarla botada sería absurdo. Espero que quienes leen esto me sigan acompañando.

Un abrazo. Nos estamos leyendo.